Desde España/ Área: Pastoral de la Salud

Mary Esthefany García

hojuelasdeesperanza@gmail.com

En el marco de la Jornada Mundial del Enfermo, celebrada cada 11 de febrero, tuve la gracia de compartir un diálogo con un hermano de la Pastoral de la Salud. Él reflexionaba sobre el lema propuesto este año en la diócesis: “Cargar con el dolor ajeno”, inspirado en la parábola del Buen Samaritano. 

Esta invitación interpela profundamente nuestro modo de vivir la fe en un mundo que huye del sufrimiento y lo considera inútil o absurdo. ¿Quién está dispuesto hoy a hacerse cargo de la carga del otro? ¿Quién se atreve a detenerse ante el dolor cuando la cultura dominante nos empuja a evitarlo a toda costa? Sin embargo, el sufrimiento es una realidad inevitable de la condición humana. La clave no está en negarlo, sino en descubrir cómo vivirlo a la luz del Evangelio.

Ahí se revela el misterio cristiano: cuando unimos nuestro dolor —y el de aquellos que acompañamos— al dolor redentor de Cristo, dejamos de ser simples espectadores del sufrimiento para convertirnos en colaboradores de la redención. El dolor, ofrecido con amor, puede transformarse en fuente de gracia, consuelo y salvación para muchos.

Esta certeza sostiene y da sentido al servicio silencioso y fiel de quienes, como el Buen Samaritano, se inclinan ante la fragilidad del hermano enfermo. Es una llamada a salir de nosotros mismos, a romper la indiferencia y a dejarnos tocar por la cruz del otro, sabiendo que nunca caminamos solos: Cristo carga con nosotros.

Oración

Señor, así como el Cirineo cargó contigo la cruz, hoy deseo cargar contigo la cruz de cada dia. Sé que esto implica negarme a mí misma, enfrentar el miedo que provoca el sufrimiento, pero es ahí donde Tú me llamas a estar: a compadecerme del dolor del otro y a compartir contigo los sufrimientos de mis hermanos.

Señor, ayúdame y fortaléceme en Ti para no temer. En tus manos lo pongo todo: te entrego mis sufrimientos y los de los demás, para que den fruto de redención. Dame tu gracia, que me basta; Tú me capacitas, y esta gracia no vuelve vacía ni es en vano.

Reafirma mis rodillas vacilantes, mi corazón doblegado por la búsqueda del placer, mi ser acomodado e instalado en mi. Señor, dame un corazón nuevo, renuévame con un espíritu firme, porque solo en Ti y contigo puedo llevar la cruz de cada día con paz y amor. Amén.