Juan Guzmán

A veces se siente que estamos perdiendo la esperanza, si se concibe la esperanza como la puerta a un mañana posible. Ya no de progreso y paz, no!, solo posible.

En el siglo XX recibimos una mezcla magnífica de formación y ejercicios para el servicio. Eso nos empujó a la búsqueda de la posibilidad de “un mundo mejor”.

El desarrollo posterior de la tecnología ayudó en los negocios, la ciencia, las comunicaciones, y al final, potencializó la explotación masiva de recursos, el control sobre la humanidad y la guerra híbrida visible, junto a otra guerra no tan visible.

En paralelo, creció aún más la desigualdad que no queríamos; segmentado el mundo en dos partes con una hendidura profunda, casi insalvable.

El espíritu humano, con raíces en sociedades igualitarias, sintió un tipo de soledad particular; un vacío de intrascendencia! Porque hoy el mundo gira alrededor de lo inmediato y fugaz.

Así, devastar la naturaleza, promover actividades destructivas, vicios, como “negocios honorables”, pasan sin pena ni gloria frente a la carencia de mentalidad crítica de una humanidad masiva, sujeta a condicionamientos preñados de falsedad.

Así, naturaleza, moral, memoria colectiva e individualidad se han ido al sumidero de la indiferencia.

Estamos perdiendo la esperanza de que la humanidad en conjunto, retorne a la conciencia sin el dominio de los algoritmos, la mercadotecnia superlativa del scrolling, ni el ninguneo burlón hacia aquellos que aún tienen el coraje de mostrar decencia pública.

Estamos perdiendo la esperanza de respirar aire sano, cuando el discurso ambientalista palidece frente al nivel de contaminación y la huella de daño ecológico que genera la ambición, en el espacio local y en el global, en el aire, el mar y la tierra.

Seguimos caminando, intentando, conscientes de que el tiempo de los milagros fue sustituido por los malabarismos luminosos del uranio, los drones, los bots y los multiplicadores de la velocidad de la luz.

El único milagro previsible es el de desaparecer tan rápido que no haya tiempo ni de darnos cuenta.

Ojalá y nos concedan ese último deseo: la oportunidad de darnos cuenta!