Cuando el silencio también ama

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Desde España/ Área: Pastoral de la Salud

Mary Esthefany García

hojuelasdeesperanza@gmail.com

Hay momentos en los que las palabras no alcanzan, no porque sean pocas, sino porque el dolor del otro es demasiado hondo. En esas horas, hablar puede ser un ruido innecesario. Lo que verdaderamente sostiene no es un discurso bien armado, sino una presencia fiel que se queda. Acompañar el sufrimiento ajeno es un acto profundamente espiritual: es inclinar el corazón y decir, sin voz, “no estás solo”.

Recuerdo el testimonio de un sacerdote del servicio que expresó con sencillez: “Aunque no pueda hablar, me quedaré a su lado en silencio”. Esa frase encierra una sabiduría evangélica. Permanecer, resistir la tentación de explicar, de corregir o de llenar el vacío, es una forma concreta de amor. Estar ahí ya es cargar parte del peso.

La Palabra de Dios nos ilumina esta experiencia: “Cuando lo llevaban, echaron mano de un tal Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús” (Lc 23,26).

Simón no pronuncia palabra alguna. No predica, no aconseja, no entiende del todo. Simplemente ayuda a cargar la cruz. En ese gesto silencioso se convierte en compañero del dolor de Cristo. Así también nosotros, muchas veces, estamos llamados a ser cirineos: a ayudar a cargar la cruz del hermano, a veces con palabras oportunas, otras con escucha atenta, y muchas veces solo con un silencio lleno de compasión.

Oración final

Señor Jesús, enséñanos a amar como Tú amas, a no huir del dolor ajeno y a permanecer cuando las palabras sobran. Haznos cirineos humildes, capaces de cargar la cruz del hermano con respeto, ternura y fidelidad. Que nuestro silencio sea consuelo y nuestra presencia, reflejo de Tu amor. Amén.