De la pregunta a la victoria: ¿Quién como Dios? ¡Quién como Dios!

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Jimmy Drabczak

Hay un pequeño detalle que muchos pasan por alto. El nombre de San Miguel puede contemplarse bajo dos signos de puntuación: uno de interrogación y otro de admiración. ¿Quién como Dios? ¡Quién como Dios!

A primera vista parece una diferencia insignificante. Sin embargo, entre esos dos signos se encierra una de las enseñanzas más profundas de la espiritualidad cristiana.

El nombre de Miguel significa: «¿Quién como Dios?». No es una pregunta hecha porque el Arcángel desconozca la respuesta. Es una pregunta retórica, una verdad expresada de tal manera que solo admite una respuesta: nadie es como Dios.

La Sagrada Escritura nos transmite este nombre y, a lo largo de los siglos, la tradición de la Iglesia, inspirada en la reflexión de los Padres, lo interpretó como la respuesta del Arcángel frente a la soberbia de Lucifer. Mientras el ángel rebelde quiso ocupar el lugar que solo pertenece al Creador, el nombre de Miguel proclama la verdad que destruye todo orgullo: «¿Quién como Dios?»

Pero esa pregunta no quedó solamente en el cielo. Continúa resonando en el corazón de cada hombre.

Cuando el dinero ocupa el lugar de Dios, la voz de San Miguel vuelve a preguntarnos: «¿Quién como Dios?»

Cuando el poder vale más que el servicio, la misma pregunta vuelve a escucharse.

Cuando el orgullo nos hace creer que podemos vivir sin Dios, la voz de San Miguel vuelve a resonar.

Cuando buscamos que se haga nuestra voluntad antes que la voluntad del Señor, esa pregunta vuelve a interpelarnos.

Sin embargo, toda pregunta espera una respuesta. Y esa respuesta no se da únicamente con palabras, sino con la vida. La pregunta pertenece al nombre de San Miguel; la respuesta pertenece a todo cristiano que vive el Evangelio.

Cada vez que una madre perdona, responde: «¡Quién como Dios!» Cada vez que un joven elige la honestidad antes que el éxito fácil, responde: «¡Quién como Dios!»

Cada vez que una familia permanece unida en medio de las pruebas, responde: «¡Quién como Dios!»

Cada vez que un cristiano participa en la Eucaristía, sirve a los pobres, permanece fiel al Evangelio o renuncia al pecado por amor al Señor, responde con toda su existencia: «¡Quién como Dios!»

Así comprendemos que el signo de interrogación y el signo de admiración no se contradicen; se complementan. El signo de interrogación invita a la conversión. El signo de admiración celebra la fidelidad. La pregunta mueve el corazón; la admiración proclama la victoria de Dios.

Nosotros, los miguelitas, hemos hecho de esta verdad el lema de nuestra espiritualidad. Con alegría proclamamos: «¡Quién como Dios!». No modificamos el significado bíblico del nombre de San Miguel; expresamos, siguiendo la tradición de la Iglesia, la respuesta del creyente que reconoce que solo Dios merece el primer lugar. Es un grito de fe, de confianza y de esperanza frente a todas las formas del mal.

Toda la vida cristiana consiste en transformar un signo de interrogación en un signo de admiración. Comenzamos escuchando: «¿Quién como Dios?». Terminamos convirtiendo nuestra propia vida en un permanente: «¡Quién como Dios!»

Oración

San Miguel Arcángel, enséñanos a responder con nuestra vida la pregunta que proclama tu nombre. Que nunca pongamos nada ni a nadie por encima de Dios y que cada decisión de nuestra vida sea una valiente profesión de fe: ¡Quién como Dios! Amén.