La tormenta modernista

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Manuel Pablo Maza Miquel, S.J

En tiempos de Pío X (1903 – 1914) la Iglesia enfrentó el modernismo. Franzen, en su Historia de la Iglesia, lo describe así: “algunos teólogos progresistas y científicos de sentimientos católicos se habían esforzado seriamente por adecuar la doctrina católica a la cultura moderna, pero a veces habían tomado caminos sospechosos”. Deseaban que los católicos participaran más vigorosamente en la vida cultural de sus naciones. Valoraban “los métodos de la moderna crítica bíblica de la teología liberal protestante”. Aplicaron “conceptos de la filosofía evolucionista moderna a la doctrina cristiana sobre la fe y la moral, y llegaron a relativizar el dogma”.

Era necesaria una intervención del supremo magisterio, pero los documentos papales, lamentablemente no distinguieron de manera suficiente entre las exigencias legítimas de quienes deseaban sólo una mayor apertura de la Iglesia a la vida cultural moderna, “y los excesos de quienes, en su adaptación, habían ido demasiado lejos o incluso se habían convertido en herejes”.

Pío X se apoyaba exclusivamente en un “rígido grupo reaccionario… que veía herejías en todas partes.” Este grupo desencadenó una caza de brujas “contra los modernistas reales y presuntos”. Dentro de la Iglesia surgió una organización, La Sapiniere, dedicada a vigilar las ideas de profesores de los Seminarios y en particular del clero católico, para evitar que fueran docentes o accediesen a cargos de gobierno. Pío X y colaboradores la alentaron.

Desde 1910 se exigió “el juramento antimodernista, que debían prestar todos los sacerdotes destinados a la pastoral o la actividad docente. Más tarde se impuso el mismo juramento a los clérigos, antes de recibir las órdenes principales; a los profesores de teología, cuando asumían su cargo; a los párrocos, a los prelados y a los superiores antes de su investidura canónica” (1ª edición 1965, 25ª edición, 2009: 358).

En 1908, el Cardenal Ferrari, arzobispo de Milán, amigo y mentor de Roncalli, denunciaba a los antimodernistas, tan malos como los errores que combaten. Estos “zelotes descubren Modernismo en todas partes y cubren de sospechas a personas ajenas a ese movimiento” (Hebblethwaite, 1985: 62).

La mayoría de la jerarquía italiana, especialmente la Curia, veía en los esfuerzos por estudiar la Biblia y la tradición, peligros y errores. Una minoría quería aprovechar cuanto hubiera de valioso en ellos. En ese ambiente, Roncalli enseñó en el Seminario de Bérgamo en los años 1906 – 1914.