Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.

La víspera de “reyes”, en 1935 arribaba Roncalli a Estambul, el nombre con el que Mustafá Kemal Atartük (1881 – 1938) rebautizó a Constantinopla.

El Delegado Apostólico anterior no se relacionó armoniosamente con las autoridades. Roncalli visitó al gobernador de Estambul y la entrevista terminó en la terraza tomando saki.

Roncalli debía servir a los 35,000 católicos: franceses, italianos, alemanes y austríacos. También a los diversos uniatas, orientales en comunión con Roma: armenios, caldeos, sirios, maronitas, melquitas, búlgaros y griegos. 

La actitud de Roncalli se transparentó en su discurso en francés, el 25 enero de 1935, en la clausura del octavario por la unión de la Iglesias: “Nuestro Señor… ordenó a los apóstoles predicar el evangelio a todos. 

La Iglesia no está ligada a tal o cual nación, sino que todas las naciones, sin distinción, están convocadas a unirse bajo esta bandera. En Jesucristo no existen ciudadanos de primera y segunda categoría…” Prosiguió con este aviso: “Al fundar su Iglesia, Jesús le otorgó la marca de la unidad, el sello de la divinidad que la distingue de otras empresas e instituciones humanas. 

Él no fundó varias Iglesias cristianas, sino su Iglesia… Y habiéndola creado, la envió a ganar el mundo”. Roncalli también construyó buenas relaciones con los 100 mil ortodoxos.

Diariamente tocaba los límites impuestos por Atartük que ya había quebrado el poder musulmán y ahora limitaba a los católicos. Por ejemplo, suprimió el boletín La Vida Diocesana y toda publicación religiosa. Como otros gobiernos, quería que la Iglesia viviese en la sacristía. También prohibió el uso de hábitos religiosos. Roncalli comentó: “qué más da que vistamos sotanas o pantalones, mientras proclamemos la palabra de Dios”.

En sus vacaciones de 1935 conversó largamente con Juan Bautista Montini sobre la situación de Italia. Algunos obispos y el clero apoyaron la invasión de Mussolini a Etiopía. Mussolini la enalteció como una gesta gloriosa y Roncalli así: “el pez grande pretende comerse al chiquito”.

En Constantinopla introdujo palabras en turco en la liturgia a la que asistían católicos occidentales y también los embajadores de Italia y Francia. Roncalli era obispo de todos “y honraba el Evangelio que no admite monopolios nacionales”. 

No faltó quien le denunciase ante el Vaticano. Se quejará: “los juicios de Roma me duelen considerablemente, son mi única cruz real” (Hebblewaith, 1985: 143 – 165).