Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.
En su Diario personal, el futuro Juan XXIII expresará que “sus muchas pruebas no provienen tanto de las autoridades búlgaras, como de los organismos centrales de la Iglesia”. Se refería a la Curia romana.
Presento dos de estas pruebas. Pronto, Roncalli cayó en la cuenta de que los uniatas [católicos orientales obedientes al papa] de rito eslavo, necesitaban un obispo. Aprovechando una visita a Roma en 1925, propuso para el cargo al padre Stefan Kurtev, recomendándolo ante la Congregación de las Iglesias Orientales. El nombramiento se demoró todo un año.
Roncalli sufrió un segundo desencanto: hacia diciembre de 1929 había comprado un terreno para construir un seminario. Mientras los sacerdotes católicos de Bulgaria fuesen extranjeros y los seminaristas búlgaros tuvieran que estudiar fuera de su país, el catolicismo sería percibido como algo extranjero. Roncalli esperaba que en la primavera de 1930 pudiese comenzar la construcción, pero “Roma cambió de opinión una vez más”. El Seminario nunca se construiría.
Desde antes de su llegada a Bulgaria, Roncalli era consciente de la necesidad de unidad entre los cristianos e incluso los creyentes de otras religiones.
El secretario de Estado Gasparri ya se lo había comentado: en Bulgaria, “cada cual parece estar peleado con todo el mundo. Los musulmanes contra los ortodoxos, los católicos griegos contra los católicos latinos y los mismos latinos entre sí”.
Cristianos de buena voluntad trabajaban el intercambio, el diálogo y las reuniones. La asamblea ecuménica de “Fe y Orden” en Lausana, 1927, parecía promisoria, pero la Santa Sede vetó la participación de los católicos. Pío XI en su encíclica Mortalium Animos (6 enero, 1928) disentía de esos “congresos, donde todos sin distinción, creyentes, no creyentes, e incluso los que desafortunadamente han rechazado a Cristo y negado su naturaleza divina y su misión, son invitados a participar en el debate”.
En su Diario, Roncalli expresaba su tristeza por “la imprecisión acerca de mi misión en Bulgaria que ya dura cinco años. Mi frustración por no poder hacer más, las limitaciones impuestas a mi vida que conduzco como si fuera un ermitaño en contradicción con mi deseo del trabajo pastoral directo sirviendo las almas…”
Desde su ordenación como obispo, Roncalli rezaba una oración de Ignacio de Loyola: ayúdame a preferir la cercanía con Cristo despreciado, que los honores (Hebblewhite, 1985:112 – 142). Venía un cambio.




