Desde España/ Área: Pastoral de la Salud
Mary Esthefany García
Solo Dios es capaz de hacerse paso por rendijas que, humanamente, ni siquiera imaginamos que existen. Allí donde la lógica se detiene y la fuerza flaquea, Él entra con suavidad, sin ruido, pero con una presencia que lo transforma todo. Así ocurrió con aquella religiosa que, al recibir la Comunión, no pudo contener las lágrimas. No eran solo lágrimas de emoción: eran el eco de un corazón herido que, aun en medio del dolor, deseaba responder a la llamada de Dios.
La situación que atravesaba era difícil. Una pierna comprometida, el cuerpo limitado, el futuro incierto. El sufrimiento parecía apuntar directamente a su vocación, a su entrega, a su “sí” cotidiano. Y desde lo más profundo surgía la pregunta que tantas almas se hacen en la prueba: “¿Qué quiere Dios de mí?” No como reproche, sino como búsqueda sincera. En ese instante, Dios no respondió con palabras claras ni soluciones inmediatas. Respondió en el silencio, en la fragilidad compartida, en una paz que no elimina el dolor, pero lo sostiene.
Dios también actúa en el silencio. Un silencio fecundo, donde Él habla al corazón y enseña que la llamada no se cancela por la herida, sino que se purifica en ella. Como dice la Escritura: “Mi gracia te basta, porque mi poder se manifiesta en la debilidad” (2 Cor 12,9).
Señor, enséñanos a confiar cuando no entendemos,
a escucharte en el silencio y a descubrir tu voluntad
en medio de nuestras heridas.
Que sepamos responder con amor,
aún cuando el camino duela. Amén.




