El corazón sigue latiendo

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Hay una pregunta que probablemente nadie se hace, cuando entra a una iglesia y ve una imagen del Sagrado Corazón de Jesús: ¿por qué precisamente un corazón? No una mano, una corona, un libro… Un corazón.

Y quizá ahí está la genialidad de esta devoción: porque todos sabemos lo que significa decir “lo hice de corazón”, “me rompieron el corazón” o “te llevo en el corazón”. El corazón habla de amor. Y, sobre todo, el Corazón de Jesús es el signo principal y símbolo del amor con el que el Redentor nos ama sin excepción; Cristo “nos ha amado con un corazón humano”. 

La devoción al Sagrado Corazón no nace como una moda ni como marketing celestial: está arraigada en la contemplación de Cristo, y encuentra su luz en la Pascua, donde se abre el sentido de la Escritura y del “corazón de Cristo”. 

Pero la devoción tomó un impulso particular en el siglo XVII, cuando Cristo se manifestó a Santa Margarita María Alacoque en Paray-le-Monial y se le confió el carisma de promover el amor y la reparación.

Con el tiempo, la Iglesia fue acogiendo esta espiritualidad, y la entendió siempre en armonía con la fe de la Iglesia: las imágenes sagradas “están destinadas a despertar y nutrir la fe en el misterio de Cristo”; por ellas es Cristo a quien se adora. 

Y aquí viene el golpe de realidad: vivimos en una época que habla mucho de amor, pero a veces le teme al compromiso. Muchos quieren “los sentimientos” de Cristo, pero no su Evangelio; quieren consuelo, pero no conversión; buscan un corazón que abrace, pero no uno que también corrija. Sin embargo, la Iglesia pide explícitamente que esta devoción no caiga en sentimentalismo y que conserve su sentido auténtico de amor y reparación. 

El Sagrado Corazón no es una decoración para colgar: es una llamada a creer que Dios nos ama personalmente, en Cristo, y a responder con una fe activa que se traduzca en el compromiso del Evangelio. Por eso, prácticas aprobadas como el acto de reparación o la piedad de “primeros viernes” deben vivirse con instrucción constante, para no reducirse a “mera credulidad” y para que produzcan frutos espirituales reales. 

Hasta un próximo encuentro,

Desde el monasterio