Mons. Ramón De la Rosa y Carpio
Con profundo pesar, pero con la mirada fija en la esperanza de la resurrección, he recibido la noticia del fallecimiento de mi hermano en el ministerio episcopal monseñor Antonio Camilo González, obispo emérito de La Vega.
Hoy la Iglesia dominicana despide a un verdadero pastor con olor a oveja, un hombre cuya vida fue un testimonio vivo de entrega, humildad y cercanía.
Monseñor Camilo sembró en cada rincón donde estuvo, un gran sentido de hermandad, tratándonos siempre a todos como verdaderos hermanos en Cristo. Le miré siempre como un modelo de sacerdote, que encarnó el rostro y la cercanía de Cristo en medio de su pueblo.
La Iglesia dominicana hoy mira con gratitud su incansable labor, su sonrisa y esa capacidad única para hacer que cualquier persona se sintiera escuchada y valorada. Su ministerio fue un reflejo del amor compasivo del Buen Pastor.
En este momento de dolor transitorio, nos consuela saber que su debilidad terrenal ha sido transformada en la gloria eterna. Ha terminado su carrera, ha mantenido la fe y ahora le espera la corona de la justicia.
Hasta luego, querido Mons. Camilo, siervo bueno y fiel.

Amauri Rodríguez
Detrás de cada fotografía hay una historia, y detrás de estas imágenes habita la memoria de un verdadero hombre de Dios.
Mi primer encuentro con Monseñor Antonio Camilo no fue de frente, sino a través de las ondas hertzianas. Siendo apenas un niño, los domingos a las 7:00 p.m. la casa se llenaba con el eco de su voz, en las misas que Radio Santa María transmitía desde la Catedral de La Vega. Aquella voz, que cruzaba la distancia, ya sembraba en mí la certeza de un pastor bueno y cercano.
Los años pasaron y el misterio de la vocación me llevó al Pontificio Seminario Santo Tomás de Aquino. Allí, aquel hombre de la radio se convirtió en un rostro entrañable.
Cómo olvidar nuestras amenas conversaciones, con su elocuencia y vivacidad de historiador, desandaba el pasado y nos retrataba la vida de los grandes hombres de nuestra Iglesia, haciéndolos sentir tan vivos como él mismo.
Confieso que, en mis años de seminarista, sentí más de una vez esa “envidia de la buena” de mis compañeros de La Vega. Verlo llegar y escucharlo llamarlos, con una dulzura inolvidable, “mis hijitos”, era contemplar la paternidad espiritual hecha carne. Un obispo que no gobernaba desde la distancia, sino desde el abrazo protector de un papá.
Hoy comparto estas fotos no solo con la tristeza de la partida, sino con la gratitud inmensa de haber caminado cerca de un santo de lo cotidiano, un hombre de fe inquebrantable y un pastor con el alma siempre abierta.
Gracias, Monseñor Camilo, por enseñarnos con su vida el verdadero rostro del Buen Pastor. Interceda por nosotros desde la liturgia eterna. ¡Hasta el cielo, querido pastor!

Biografía de Mons. Camilo
Mons. Antonio Camilo González nació en Ojo de Agua, Salcedo, el 7 de febrero de 1938. Era hijo de Antonio Camilo Pantaleón y Caridad González Garrido. En 1948, a los 10 años, ingresó al Preseminario del Santo Cerro, en La Vega. Continuó su formación en Santo Domingo, en el Seminario Santo Tomás de Aquino.
El Papa Juan Pablo II lo nombró tercer obispo de la Diócesis de La Vega, el 10 de octubre de 1992, y en el 2015 pasó a ser obispo emérito de la misma.
Además de contar con más de 60 años de sacerdocio, Mons. Camilo era fiel servidor de la sociedad, velando siempre por el bienestar de todos, y en especial, por la protección del medio ambiente.




