El precio a pagar

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José Jordi Veras Rodríguez

 jordiveras@yahoo.com

Hace unos días nos tocó ver la muerte de Petit, la mascota que tuvimos durante ocho años.

A veces no tenemos conciencia de lo mucho que llegamos a amar a estas criaturas, en la medida que nos hacemos más conscientes de que el dolor puede llegar ahí donde hemos puesto nuestros sentimientos y nos han dejado una huella en el corazón con el día a día.

Lo que la experiencia de tratar estos animalitos que hemos incluido de forma más íntima en nuestros hogares, es que no existe un cariño más fiel, leal y real, que aquel que recibimos de ellos en todo momento.

No existe recibimiento más elocuente y que nos haga sentir como si fuéramos las personas más importantes y especiales de la Tierra, al llegar al hogar, cuando somos recibidos con esa alegría saltarina y alocada de la mascota cuando nos ve llegar.

Ha sido duro para quien escribe y para cada miembro de nuestra familia, la pérdida de Petit, por una situación de salud, un Yorky, que nos mostró que existe una manera diferente de amar y de recordarte que ellos llegan en momentos en que más los necesitamos, para curarnos, sanarnos o evitar que nos rindamos ante cualquier situación.

A veces no comprendemos cómo existen personas que no valoran seres de tanta luz y cariño. Que donde quiera que están, con sus ladridos nos recuerdan que están ahí y solo buscan una caricia o muestra a través de pasarle solamente la mano. O nos recuerdan la niñez para que juguemos con ellos y son capaces de sacarnos sonrisas aunque nuestro humor no sea el mejor.

Ahora bien, alguien nos dijo a raíz de la muerte de Petit, que ese dolor que sentimos, ese vacío y especie de duelo, es el precio que se paga por el amor que nos hemos permitido sentir por ellos, y a la vez, recibir, ese mismo sentimiento de su parte.

El día en que fuimos enterados de que había fallecido, estábamos orando por su salud y le pedimos a Dios, que si él estaba sufriendo, que fuera la Voluntad suya que se impusiera y no la nuestra. Y no pasaron treinta segundos, cuando estábamos recibiendo esa llamada que no olvidaremos mientras vida tengamos, de que Petit había fallecido. Nos sobrecogimos y tan solo comprendimos el mensaje. Y dimos gracias a Dios, porque nos permitió tenerlo por más de ocho años y que hubiéramos podido disfrutarlo a plenitud.

El gran precio que pagamos por nuestras mascotas, es habernos sentido seguros, amados, acogidos y hacernos la vida más llevadera, porque nos permitieron con su existencia, recordarnos lo buenos seres humanos que podemos llegar a ser.

Gracias Señor, por Petit. Y a ti peludo, hasta pronto. Siempre vivirás en nuestros corazones.