Pedro: Roca. Pablo: Espada

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Si alguna vez la Iglesia hubiera necesitado contratar personal, probablemente Pedro y Pablo no habrían pasado la entrevista juntos. Pedro era impulsivo. Hablaba primero y pensaba después. Prometía mucho, metía la pata con frecuencia y una noche incluso negó conocer a Jesús. Pablo, en cambio, era intelectual, brillante, apasionado y tan convencido de sus ideas que al principio persiguió a los cristianos.

Humanamente hablando, una combinación explosiva. Y, sin embargo, la Iglesia celebra la solemnidad de ambos el mismo día, 29 de junio, porque el Evangelio une en un solo misterio la fidelidad y la misión: “Cada uno en una forma diferente reunió a la única familia de Cristo”.

A Pedro se le suele representar con las llaves, pero también podríamos verlo como una roca, no porque fuera duro de cabeza —que sí, lo sabemos, a veces lo era— sino porque Cristo decidió edificar sobre él la unidad visible de la Iglesia. La roca no corre, permanece. Da estabilidad, sostiene.

Pablo, en cambio, suele aparecer con una espada, no porque fuera guerrero, sino porque la Palabra de Dios en su boca era afilada como una hoja bien templada. Viajó, predicó, escribió cartas, abrió caminos y llevó el Evangelio hasta los confines del mundo conocido. 

La espada avanza, la roca permanece; la espada conquista terreno, la roca sostiene la casa. Y aquí está la belleza: la Iglesia necesita ambas cosas. Porque hay cristianos que quieren solo roca: seguridad, estructura, tradición, estabilidad.

Y otros quieren solo espada: movimiento, misión, creatividad, expansión. Pero Cristo quiso las dos. Sin roca, la espada termina cortando para cualquier lado, sin espada, la roca corre el riesgo de convertirse en monumento.

San Agustín decía que Pedro representaba más visiblemente a la Iglesia establecida, mientras Pablo mostraba la fuerza expansiva del Evangelio. Dos temperamentos distintos, dos historias distintas: Un mismo Señor. Y quizá ahí haya una lección para nosotros.

Porque a veces pasamos demasiado tiempo discutiendo quién tiene razón, cuando Dios lleva más de dos mil años demostrando que puede construir su Iglesia con personas muy diferentes. Pedro no era Pablo, Pablo no era Pedro (y gracias a Dios.).

Porque mientras la roca sostiene, la espada abre camino. Y cuando ambas obedecen a Cristo, el Evangelio sigue llegando más lejos de lo que cualquiera de los dos habría imaginado.

Hasta un próximo encuentro, 

Desde el Monasterio