Hay pocas tragedias católicas que provoquen más nerviosismo que escuchar a alguien decir:
—¡Padre! ¡Se me rompió el rosario!
Y automáticamente aparecen las teorías más creativas del cristianismo popular:
—”Eso fue que te hizo una descarga espiritual.”
—”¡La Virgen te libró de algo grandísimo!”
—”No lo botes, que se te pega la mala suerte.”
—”Entiérralo mirando hacia el Este y échale agua bendita.”
Ok, vamos a calmarnos, respiremos.
La realidad suele ser mucho más sencilla: los objetos se dañan porque son objetos. Los rosarios se rompen, las medallas se parten, los escapularios se desgastan, las Biblias pierden hojas después de veinte años de uso. Y sí, hasta las imágenes religiosas se pueden caer de la pared y esto no significa necesariamente que el demonio te esté persiguiendo desde las tres de la madrugada.
Como venimos diciendo, la Iglesia nos enseña que estos objetos son sacramentales: signos sagrados que nos ayudan a vivir la fe. Han sido bendecidos y, por ello, merecen respeto y un trato digno. Pero no son objetos mágicos, ni talismán, ni poseen poderes sobrenaturales por sí mismos.
Entonces, ¿qué hacemos cuando se dañan? Si todavía pueden repararse, ¡arreglarlos! Hay rosarios que duran tres generaciones en una familia porque alguien se tomó el tiempo de cambiarle el hilo.
Si ya no tienen reparación, la tradición cristiana ha recomendado siempre disponer de ellos con respeto. ¿Cómo? Muy sencillo:
• Quemarlos, si el material lo permite.
• Enterrarlos en un lugar digno.
• Llevarlos a una parroquia o monasterio para que puedan ser dispuestos adecuadamente.
• En algunos casos, reciclar las partes que aún estén en buen estado.
¿Qué no debemos hacer?
No los tiramos a la basura como quien desecha un envase de refresco. No por superstición, sino por respeto a aquello que nos ayudó a rezar y acercarnos a Dios.
Me gusta pensar que una Biblia gastada es una buena noticia. Significa que alguien la abrió muchas veces. Un rosario roto probablemente rezó más de un misterio en su vida, un escapulario desgastado es señal de que alguien decidió llevar a la Virgen sobre el pecho durante muchos años. Así que, si algún día se te rompe el rosario, tranquilo, no es el Apocalipsis.
Más bien les invito a preguntarnos algo mucho más importante: ¿Cómo está nuestra vida espiritual?
Porque un rosario roto se puede reemplazar en cinco minutos, pero un corazón que ha dejado de orar… ese sí necesita reparación urgente.
Hasta un próximo encuentro,
Desde el monasterio




