Ysis Estrella
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Sal 22,2)
Hay momentos en la vida en que rezamos y parece que nada ocurre. Pedimos una respuesta, una señal, una solución, y el cielo parece permanecer en silencio.
Oramos por un hijo, por un matrimonio, por una enfermedad, por una situación económica difícil, y los días pasan sin que veamos cambios. En esos momentos podemos llegar a preguntarnos si Dios nos escucha y si realmente está cerca de nosotros.
Esta experiencia no es nueva. Está presente en toda la historia de la salvación. Muchos hombres y mujeres de fe pasaron por períodos en los que no comprendían lo que Dios estaba haciendo.
Abraham tuvo que esperar años para ver cumplida la promesa. Job atravesó el sufrimiento sin entender sus causas. Los salmistas expresaron muchas veces su dolor y desconcierto ante el aparente silencio de Dios.
Incluso, Jesús experimentó esa oscuridad. Desde la cruz elevó al Padre aquellas palabras que brotan del Salmo 22: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. No era una pérdida de fe, sino la expresión de un sufrimiento profundamente humano. El Hijo de Dios quiso compartir también nuestras noches y nuestras preguntas.
Sin embargo, el silencio de Dios no significa ausencia. Muchas veces el Señor continúa actuando, aunque nosotros no podamos verlo. Así como una semilla crece bajo tierra antes de salir a la superficie, también Dios obra en lo escondido. Hay procesos que requieren tiempo, maduración y confianza.
Con frecuencia esperamos respuestas inmediatas, pero Dios suele trabajar en profundidad. Mientras nosotros pedimos que cambie una situación, Él muchas veces comienza transformando nuestro corazón. Nos enseña a confiar, a perseverar y a caminar por fe más que por evidencias.
Cuando Dios parece guardar silencio, estamos invitados a permanecer cerca de Él. No abandonemos la oración. No dejemos de participar en la Eucaristía. No renunciemos a la esperanza. La fe madura precisamente cuando aprendemos a seguir confiando, aun cuando no entendemos.
Tal vez hoy no veamos claramente el camino, pero podemos estar seguros de algo: Dios nunca abandona a sus hijos. Su silencio no es indiferencia. Su aparente ausencia no significa olvido. Él continúa sosteniéndonos con amor y conduciendo nuestra historia hacia un bien mayor.
Para meditar
* ¿Hay alguna situación en la que siento que Dios guarda silencio?
* ¿Cómo reacciono cuando mis oraciones no reciben una respuesta inmediata?
* ¿Qué me está enseñando el Señor en este tiempo de espera?
Dios les bendiga siempre.




