La Medalla de San Benito: ¿Sacramental… o amuleto?

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Hay objetos que, de tanto verlos, dejamos de preguntarnos qué significan. Uno de ellos es la Medalla de San Benito. Muchos la llevan colgada en el cuello, en el carro, en la cartera o hasta en la puerta de la casa. Y no falta quien diga: —”Póntela, que eso espanta los malos espíritus.” Y ahí, sin darnos cuenta, pasamos de la devoción… a la superstición.

La medalla no tiene poderes mágicos, no es un talismán, no es un “escudo automático” contra el mal. No funciona por tenerla puesta, sino por la fe con la que se vive lo que representa. San Benito nunca repartió medallas, ni enseñó fórmulas secretas para alejar demonios. Lo que hizo fue mucho más difícil: vivir el Evangelio con radicalidad.

La famosa cruz y las letras grabadas en la medalla son una profesión de fe. Expresan el rechazo al mal y la confianza absoluta en Cristo. Por eso la Iglesia la bendice como un sacramental, no como un objeto mágico.

Y aquí conviene recordar una diferencia que el Catecismo explica muy bien. Los sacramentos fueron instituidos por Cristo y comunican la gracia por sí mismos. Los sacramentales, en cambio, son instituidos por la Iglesia y disponen el corazón para recibir esa gracia. Nos ayudan a vivir la fe, pero no sustituyen la conversión.

Dicho en buen dominicano: No sirve de mucho llevar una medalla de San Benito… si la lengua sigue destruyendo al vecino. No tiene sentido colgarla en el retrovisor… mientras manejamos como si el quinto mandamiento fuera una sugerencia. Ni ponerla en la puerta de la casa… si Cristo nunca entra en la familia. El demonio no le teme al metal, le teme a una vida unida a Cristo.

Por eso los antiguos monjes no confiaban en una medalla, confiaban en la oración, en la Palabra de Dios, en la humildad, en la Eucaristía y en la obediencia. La medalla simplemente les recordaba todo eso.

Y quizás ese sea el verdadero milagro de San Benito. No que una medalla aleje el mal, sino que una vida vivida según el Evangelio no le deje espacio al mal para entrar. Porque la mejor protección no cuelga del cuello, habita en un corazón que pertenece a Cristo.

Hasta un próximo encuentro

Desde el monasterio