Desde España/ Área: Pastoral de la Salud

 Mary Esthefany García

hojuelasdeesperanza@gmail.com

“Dios me lo dio, Dios me lo quitó”, repetía con serenidad una mujer de fe, mientras compartía el relato de su vida marcada por el dolor y la esperanza. Había perdido a dos de sus primeros hijos, un sufrimiento silencioso que sólo comprende quien ha esperado una vida y ha tenido que despedirse sin abrazarla. En su testimonio no había reproche, sino una fe profunda que se aferraba al misterio de Dios aun cuando no lograba entenderlo.

Ella me decía que no comprendía las decisiones de quienes optan por abortar, no desde el juicio, sino desde el asombro y la herida: para quien ha llorado la imposibilidad de tener a sus hijos, cada vida es un don sagrado, incluso cuando su paso por la tierra es breve. Su corazón, probado por la pérdida, aprendió a confiar más allá de las explicaciones humanas.

Al recordar la muerte de su esposo, narraba con voz firme cómo, en medio del dolor, se acercó al sacerdote y le dijo: “Celebremos la misa; mi esposo la necesita y yo también”. Al terminar la Eucaristía, elevó su alabanza con humildad: “A ti sea, Señor, alabado por siempre; la gloria es tuya. Tú me lo diste y a Ti te lo entrego”.

Sus palabras evocan la Escritura: “El Señor dio, el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor” (Job 1,21). En esa fe sencilla y radical, comprendemos que el amor de Dios se sostiene incluso cuando el corazón se quiebra.

Oración final: Señor, enséñanos a confiar en Ti en medio del dolor. Danos un corazón humilde para aceptar tu voluntad y una fe firme para alabarte en toda circunstancia. Amén