Cuando la fe se vuelve rutina

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Ysis Estrella Roman

Tengo contra ti que has perdido tu amor de antes.” (Ap 2,4)

Hay momentos en la vida cristiana en los que seguimos haciendo las mismas cosas de siempre, pero algo ha cambiado dentro de nosotros. Continuamos asistiendo a la Eucaristía, rezamos algunas oraciones, participamos en actividades de la Iglesia y cumplimos nuestros compromisos de fe. Sin embargo, en lo profundo del corazón sentimos que algo se ha apagado. Ya no experimentamos la misma alegría, el mismo entusiasmo ni el mismo deseo de encontrarnos con el Señor.

La rutina no siempre aparece de golpe. Generalmente llega de manera silenciosa. Se instala poco a poco en la oración, en el servicio y hasta en nuestra participación en los sacramentos. Lo que antes hacíamos con amor, puede terminar convirtiéndose en una costumbre repetida mecánicamente. Y cuando eso sucede, corremos el riesgo de conservar las prácticas externas mientras se debilita la experiencia interior.

Algo parecido ocurrió con la comunidad cristiana de Éfeso. En el libro del Apocalipsis, el Señor reconoce sus esfuerzos, su perseverancia y su fidelidad, pero les hace una observación que toca el corazón: “Has perdido tu amor de antes”. No les reprocha haber abandonado la fe, sino haber dejado enfriar el amor que daba sentido a todo lo demás.

También nosotros necesitamos escuchar esa llamada. La fe cristiana no es simplemente un conjunto de normas, actividades o tradiciones religiosas. Es, ante todo, una relación viva con Jesucristo. Cuando esa relación se descuida, la vida espiritual pierde frescura y el corazón comienza a caminar por inercia.

La buena noticia es que el Señor nunca se cansa de llamarnos. Cuando descubrimos que la rutina ha entrado en nuestra vida espiritual, no debemos desanimarnos. Más bien es una oportunidad para volver a lo esencial. Tal vez necesitamos dedicar más tiempo a la oración personal, leer la Palabra de Dios con calma, participar en la Eucaristía con mayor conciencia o recuperar espacios de silencio para escuchar la voz del Señor.

Toda relación necesita renovarse. Así como un matrimonio requiere gestos concretos de amor para mantenerse vivo, también nuestra amistad con Dios necesita ser alimentada cada día. La fe no crece por costumbre; crece cuando abrimos nuevamente el corazón a la acción de la gracia.

Quizás hoy el Señor nos está invitando a recordar aquellos momentos en los que experimentamos su presencia con fuerza, cuando nuestra oración era más sincera y nuestro deseo de seguirlo era más intenso. Volver al primer amor no significa regresar al pasado, sino permitir que Dios renueve nuestro presente.

Que nunca nos conformemos con una fe de simple costumbre. El Señor desea encontrarse con nosotros cada día y devolvernos la alegría de caminar a su lado.

Para meditar

* ¿Mi relación con Dios es una costumbre o un encuentro vivo?

* ¿Qué aspectos de mi vida espiritual necesitan ser renovados?

* ¿Qué puedo hacer esta semana para acercarme más al Señor?

Dios les bendiga siempre.