Padre Jimmy Drabczak
Muchos cristianos conocen el nombre del Espíritu Santo, pero pocas veces descubren realmente su presencia y acción en la vida diaria. A veces, incluso el sacramento de la Confirmación termina siendo, tristemente, una despedida de la Iglesia para muchos jóvenes. Sin embargo, el Espíritu Santo no es una idea abstracta. Es Dios vivo, tercera Persona de la Santísima Trinidad, que actúa en la Iglesia y en el corazón del hombre. Y aquí los ángeles pueden enseñarnos mucho.
En la Biblia, los ángeles aparecen siempre como servidores de la obra de Dios. No buscan protagonismo. Su misión es conducir hacia el Señor y ayudar al hombre a escuchar la voz divina. De manera semejante, el Espíritu Santo conduce siempre hacia Cristo. Él ilumina la conciencia, fortalece en la lucha espiritual y guía a la Iglesia hacia la verdad plena.
Por eso, la tradición cristiana contempla en el mundo angelical un reflejo de la delicadeza con la que actúa el Espíritu Santo. Él no obliga ni destruye la libertad humana. Actúa silenciosamente en el corazón, inspirando el bien y sosteniendo al creyente en medio de las dificultades.
Cada domingo proclamamos en el Credo: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”.
Sin el Espíritu Santo no existirían la Iglesia, la santidad ni la verdadera oración. Es Él quien actúa en los sacramentos y transforma el corazón endurecido en un corazón capaz de amar.
La Iglesia explica su acción mediante diversos símbolos:
• el fuego que purifica,
• el agua viva que da vida,
• la paloma como signo de paz,
• y el viento que mueve y transforma.
Dios se sirve también de la misión de los ángeles para manifestar su voluntad. Basta recordar al arcángel Gabriel anunciando a María la Encarnación, o a san Miguel Arcángel defendiendo al pueblo de Dios en la lucha contra el mal.
El famoso ícono de la Trinidad de Andrzej Rublow, ayuda además a comprender esta verdad espiritual. Muchos autores interpretan que la figura del Espíritu Santo aparece orientada hacia el mundo, como signo de su misión de conducir al hombre hacia la comunión con Dios. Los ángeles recuerdan precisamente eso: el cielo no está cerrado; el hombre ha sido llamado a participar en la vida divina.
Cuando dejamos actuar al Espíritu Santo, comienzan a aparecer sus frutos:
• amor,
• alegría,
• paz,
• paciencia,
• bondad,
• dominio de sí.
El Espíritu Santo concede también dones y carismas para construir la comunidad cristiana. Todo auténtico despertar espiritual nace de su acción y permanece unido a la Iglesia.
Hoy el mundo necesita hombres y mujeres abiertos al Espíritu Santo, capaces de escuchar a Dios en medio del ruido y de vivir con esperanza. Los ángeles nos enseñan precisamente eso: servir a Dios en silencio, permanecer cerca de Él y ayudar a otros a descubrir su presencia.
Y quizás esa sea una de las misiones más urgentes de nuestro tiempo: volver a dejar espacio al Espíritu Santo para que transforme la Iglesia… y también nuestro corazón.




