Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.
El pasado 8 de diciembre de 2025 se cumplieron 60 años de la clausura del concilio ecuménico Vaticano II (1962 – 1965). Yo tenía 17 años y escasamente un mes y 4 días (2 más que la querida PUCMM), de novicio jesuita cuando comenzó el concilio el 11 de octubre de 1962.
Ahora con 81 quisiera ir reflexionando acerca de los aportes y transformaciones que el concilio trajo a la Iglesia y, sin fanfarria, a la humanidad. Angelo Giuseppe Roncalli, Juan XXIII electo el 28 de octubre de 1958, era un desconocido.
Antes del cónclave, el Diario de la Marina en La Habana, había publicado a página entera la foto de todos los cardenales. Papá, mamá y los 4 hermanos con edad suficiente para opinar, escogimos candidato y apostamos. Roncalli no fue ni mencionado.
La elección de Roncalli fue una sorpresa y también el nombre de Juan XXIII. Cuando le preguntaron por qué escogió llamarse Juan, mencionó que le era dulce, pues así se llamaba su padre, también era el de la iglesia donde fue bautizado, el de la catedral del Papa y dos santos muy cercanos a Jesús: San Juan Bautista y San Juan Evangelista.
Pero no se le habrá escapado al veterano profesor de historia de la Iglesia y patrología, en el seminario de Bérgamo (1906 – 1914) que ya en el siglo XV ¡había existido otro papa Juan XXIII, Baltasar Cossa, el “tercer papa (1410 – 1415)”!
En aquel momento, donde ya dos papas se disputaban la silla de Pedro, desde el 7 de abril de 1378. ¿Qué habrá querido decir? ¿Querría compartir su propia sorpresa ante la accidentada trayectoria que había calzado a un campesino de Sotto il Monte con las sandalias del pescador? ¿Se presentaba como un papa de “tercera categoría”, sin pretensiones? ¿Quería ser comprendido, antes que nada, como el obispo de Roma cuya catedral es San Giovanni Laterano? ¿Era un guiño a los asustados por los problemas del momento que, ya la Iglesia, experta en humanidad, había pasado por situaciones mucho más conflictivas?
Ahora es fácil reconocer cómo se comprendía a sí mismo al querer ser entronizado Papa en la fiesta de su querido San Carlos Borromeo, 4 diciembre. Borromeo dedicó su episcopado a implementar el concilio de Trento. El 25 enero de 1959, 52 días después, Juan XXIII anunció el concilio Vaticano II.




