Desde España/ Área: Pastoral de la Salud

Mary Esthefany García

hojuelasdeesperanza@gmail.com

Hay familias que nos marcan profundamente en el acompañamiento. Cada vez que recibimos una llamada, no sabemos con qué realidad nos vamos a encontrar: un hijo que se desmaya ante la angustia, nietos que quedan perplejos frente a la enfermedad de su abuelo, el conflicto que existe entre una esposa que no es creyente mientras otro familiar sí lo es, silencios cargados de miedo, miradas llenas de preguntas sin respuesta. No existe un manual específico para estos momentos. Solo la luz del Espíritu, en cada instante, nos inspira qué decir, cómo callar y cómo estar. Es su acción viva la que se expresa en la realidad.

Llegamos a la habitación de una señora de 86 años, en estado crítico. Ella había repetido siempre a sus hijas un mismo deseo: “Permanezcan unidas”. Y allí estaban, frente a su madre, unidas. Se lo dicen con ternura: “Mamá, aquí estamos, juntas”. Qué gracia tan grande es estar en ese momento exacto, cuando la persona que parte puede irse en paz, sabiendo que su mayor anhelo se ha cumplido.

No le importaba lo material: ni la casa, ni los bienes, ni lo acumulado. Lo único que valía para ella era el amor de sus hijas. Allí comprendemos el verdadero valor de la vida.

“Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor; pero el mayor de ellos es el amor” (1 Corintios 13,13).

Este amor es el que permanece cuando todo lo demás se desvanece; es la huella eterna que dejamos en quienes amamos. La vida es efímera. Solo queda lo que sembraste.

Oración:

Señor, enséñanos a valorar lo esencial. Danos un corazón sencillo para amar, unir y servir. Que, al final del camino, lo único que permanezca sea el amor que supimos dar. Amén.