Los ángeles y el camino del corazón (III Domingo de Pascua, 19 de abril)

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Jimmy Drabczak

Un sacerdote y escritor polaco, Jan Twardowski, contaba una historia sencilla pero muy profunda. Visitó a una niña enferma que le enseñó un corazoncito que le había regalado su mamá. Él le dijo: “Guárdalo y, cada noche, cuando ores, entrégale a la Virgen tu dolor”. La niña lo hizo con fe. Pero un día, cuando la llevaban al hospital, lo perdió. El sacerdote salió de noche a buscarlo y, de manera casi milagrosa, lo encontró. Luego lo colocó junto a la imagen de la Virgen. Para muchos era solo un pedazo de plástico. Pero para él era una historia de amor, de fe y de sufrimiento. Así pasa también con nuestra fe.

En el Evangelio, el pasaje de Emaús, vemos a dos discípulos caminando tristes. Van hablando, analizando todo lo que pasó. Tienen información, tienen datos, tienen razones… pero no reconocen a Jesús que camina con ellos. Dice el Evangelio que “sus ojos estaban como cerrados”. Y aquí está el problema: uno puede saber de Dios… y no conocer a Dios. El cambio no ocurre de golpe. No es solo en la mesa cuando parten el pan. Comienza en el camino. Ellos mismos dicen: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba?”. Para reconocer a Jesús no basta la cabeza. Hace falta el corazón. Y aquí entra algo que muchas veces olvidamos: la presencia de los ángeles.

Los ángeles no hacen ruido. No buscan que los vean. Pero están. Son enviados de Dios que nos acompañan en el camino de la vida. Nos ayudan, sin que nos demos cuenta muchas veces, a pasar de la información a la fe, de saber cosas… a encontrarnos con Dios de verdad. 

Fueron los ángeles los que anunciaron la Resurrección: “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive?”. Ellos ayudan a abrir los ojos, a mirar más allá. 

En Emaús no se menciona directamente, pero su forma de actuar está ahí: acompañar, guiar poco a poco, abrir el corazón.

El pintor Rembrandt van Rijn pintó esta escena. Uno de los discípulos mira con asombro; el otro casi se levanta de la emoción. Es el momento en que el corazón despierta.

Blaise Pascal decía que la mayor distancia del mundo es la que hay entre la cabeza y el corazón. Y mucha gente nunca la recorre. Por eso la fe a veces no llega a los jóvenes. Porque se queda en costumbre, en tradición, en lo de siempre. Pero no llega al corazón. Un sacerdote decía que conoció a un padre con tres hijos muy creyentes. Cuando le preguntaron cómo lo logró, respondió: “Porque han experimentado a Dios”. Ese es el punto. 

No basta con hablar de Dios. Hay que encontrarse con Él. Los discípulos de Emaús pasaron de la tristeza a la alegría, de la duda a la fe, de la cabeza al corazón.

Y no estaban solos. Los ángeles también caminan con nosotros. En silencio, nos sostienen, nos orientan, nos ayudan a no perdernos. Cuando el corazón empieza a arder, los ojos se abren. Pidamos esa gracia. Que nuestra fe sea viva, real, cercana. Y que, acompañados por los ángeles, podamos reconocer a Jesús en nuestra vida. Porque Él siempre ha estado caminando con nosotros.