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Padre William Arias

Comparto la primera parte de la exposición que tuve en el III Simposio Caribeño de Libertad Religiosa, celebrado del 6 al 8 de mayo en Punta Cana.

De mis años de seminario recuerdo un número de la Encíclica “Mater et magistra” del Papa Juan XXIII, que dice: “Con razón afirma también nuestro predecesor Pío XII, que la época actual se distingue por un claro contraste entre el inmenso progreso realizado por las ciencias y la técnica y el asombroso retroceso que ha experimentado el sentido de la dignidad humana” (MM 243).

Dentro de la parte del magisterio de la Iglesia Católica que llamamos Doctrina Social de la Iglesia, el tema de la dignidad humana se destaca eminentemente, primeramente señalando que la persona está por encima de todas las cosas; segundo, se ha asociado este tema con la defensa de los derechos humanos, y tercero, la dignidad humana incluye el tema de la libertad, pues toda persona debe actuar libremente y esa libertad debe ser protegida.

En Gén 1, 26-27 se señala que Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, por lo tanto, todo ser humano, sin importar su condición, cualquiera que sea, tiene en sí una nobleza que debe ser respetada incondicionalmente. Por eso la visión cristiana del hombre condena todo atropello, discriminación y violencia contra la vida del hombre, desde el seno de su madre hasta la ancianidad (P 317 y 318). 

La característica del respeto a la dignidad humana es el ejercicio de la libertad promotora del amor fraterno, el servicio y aceptación del otro.

Deteniéndonos en Gén 1,26-27 en todo este marco que nos habla de la obra creacional de Dios, el hecho de Dios haber creado al hombre de esta manera: imagen impresa en toda persona, introduce una novedad teológica y una afirmación revolucionaria por parte del autor sagrado, pues en el contexto vital del texto, la imagen de Dios muchas veces estaba solo en el monarca, que se atribuía orígenes divinos, o en el ídolo que se adoraba. 

Al ser todo hombre imagen de Dios, todo hombre, como ser inteligente y creador, y también en su aspecto corporal, es reflejo de una belleza y una armonía única; por lo tanto, Israel no necesita más imágenes de Dios, pues el hombre es la única imagen que hay, lo que otros pueblos daban de respeto a monarcas divinizados o a ídolos, entonces debe darse al hombre por la esencia que conlleva desde su creación.

Volviendo al texto, el término hebreo Selem (imagen), ordinariamente equivaldría a una copia o reproducción, sin embargo demut (semejanza), que en el común equivale a parecido o similar, hace que el primer término tome su fuerza o viceversa, dando a ambos término una categorización lingüística y teológica, que desemboca en la fuerza que conlleva el término dignidad humana, nuestro tema en cuestión.

Juan Pablo II, en su encíclica emblemática: “Redemptor Hominis”, eminentemente cristocéntrica, dirá que el pecado ha deformado ese ser semejanza de Dios, en otras palabras: la dignidad humana; sin embargo, con la venida de Cristo se ha devuelto dicha semejanza y dicha dignidad ha sido elevada a un nivel superior. 

La unión de Dios con el hombre a través de Cristo, siendo uno de nosotros en clave joánica, da a la dignidad humana un plus inigualable, del cual no hay retorno, sino trabajar en consonancia (RH 8).