“Sólo le pido a Dios que la guerra 

No me sea indiferente 

Es un monstruo grande y pisa fuerte

Toda la pobre inocencia de la gente.”

-Gieco-

Desde el alba de la historia

arde el hierro en la razón

y en su férrea desazón 

se desangra la memoria.

La frívola vanagloria

deja impronta de dolor

coronando al vencedor

sobre la paz ya caída

llorando rota la vida

sumida en hondo estupor.

Miles de años persiste

la lección nunca aprendida

por ambición desmedida

como consejero triste.

Y la muerte siempre insiste

en dictar su ley impía

mientras ciega la porfía

de dominio y de poder

sin quererlo comprender

aplastando la armonía.

Toda guerra es un espejo

de la humana condición

es germen de perdición 

donde retoña lo viejo.

Cual fatídico reflejo 

en la faz de la inocencia

que convierte en resistencia

lo que fue simple existir

¡cuánto cuesta construir

lo que borra la violencia!

Mas, persiste la esperanza

como luz entre ceniza

aunque el odio se eterniza

y la furia no descansa.

Si el amor no nos alcanza 

frente al peso de la insidia 

se impondrá siempre la envidia 

y tronarán los fusiles

seremos seres hostiles 

cegados por la perfidia.-