Ysis Estrella Roman
“Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado.” (Jr 1,5)
En algún momento de la vida surge una pregunta que toca profundamente el corazón: ¿para qué estoy aquí? Podemos tener una familia, un trabajo, responsabilidades y proyectos, pero aún así sentimos la necesidad de descubrir qué espera Dios de nosotros.
La vida cristiana nos enseña que nuestra existencia no es fruto del azar. Dios nos conoce, nos ama y nos llama. Cada persona ha recibido dones, capacidades y experiencias que podemos poner al servicio de los demás.
Descubrir nuestra misión consiste, en buena medida, en reconocer esos regalos y preguntarnos cómo quiere Dios que los utilicemos.
A veces pensamos que tener una misión significa realizar algo extraordinario. Imaginamos grandes obras, responsabilidades importantes o cambios capaces de transformar muchas vidas. Sin embargo, la mayoría de las veces Dios nos llama a realizar nuestra misión precisamente allí donde estamos.
Una madre que educa con amor, un padre que sostiene responsablemente a su familia, un joven que acompaña a un amigo en dificultad, un trabajador que actúa con honestidad, una persona que sirve silenciosamente en su comunidad: todos pueden estar realizando una verdadera misión.
El profeta Jeremías también sintió temor cuando recibió la llamada de Dios. Se consideraba demasiado joven y pensaba que no sabía hablar. Pero el Señor no centró su mirada en sus limitaciones. Le aseguró su presencia. Esa experiencia nos recuerda que Dios no llama solamente a quienes se sienten preparados; muchas veces prepara a quienes aceptan su llamada.
Descubrir la misión requiere escucha. Necesitamos preguntarnos qué dones hemos recibido, qué necesidades encontramos a nuestro alrededor y qué situaciones despiertan en nosotros un deseo profundo de servir. Allí puede estar apareciendo una llamada de Dios.
También debemos estar abiertos a que nuestra misión vaya tomando formas diferentes, a lo largo de la vida.
Hay etapas en las que Dios nos llama principalmente a cuidar nuestra familia; otras pueden abrirnos al servicio de la comunidad, de la Iglesia o de quienes atraviesan alguna necesidad. La misión no siempre cambia de esencia, pero sí puede cambiar la manera de vivirla.
No debemos comparar nuestra misión con la de otros. Cada llamada es única. Lo importante no es hacer aquello que parece más importante ante los ojos del mundo, sino responder con fidelidad a lo que Dios nos confía.
Quizás todavía no tengas completamente claro cuál es tu misión. No te inquietes. Comienza siendo fiel allí donde estás. Ora, escucha, sirve y permanece disponible.
Cuando ponemos nuestros dones en las manos de Dios, descubrimos que nuestra vida puede convertirse en una respuesta de amor. Y entonces comprendemos que encontrar nuestra misión no consiste solamente en descubrir qué debemos hacer, sino en reconocer para quién y para qué queremos vivir.
Para meditar
* ¿Qué dones ha puesto Dios en mi vida, para el bien de los demás?
* ¿En qué realidad concreta siento hoy una llamada especial a servir?
* ¿Estoy dispuesto a responder al Señor, aunque todavía no conozca todo el camino?
Dios les bendiga siempre.
Ánimo.




