Cuando el corazón necesita volver a Dios

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Ysis Estrella Roman

“Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti.” (Lc 15,18)

A veces nos alejamos de Dios sin darnos cuenta. No necesariamente dejamos de creer ni abandonamos completamente la Iglesia. Simplemente comenzamos a rezar menos, dejamos de buscar momentos de encuentro con el Señor y permitimos que otras preocupaciones ocupen el lugar que antes le pertenecía. Poco a poco, el corazón se enfría y aquello que un día fue una relación viva puede convertirse solamente en un recuerdo.

Otras veces el alejamiento tiene causas más profundas. Una caída, una decisión equivocada, una herida, una decepción o incluso la vergüenza por nuestros propios pecados pueden hacernos pensar que ya no somos dignos de acercarnos a Dios. Entonces permanecemos lejos, convencidos de que primero debemos arreglar nuestra vida para poder regresar.

La parábola del hijo pródigo nos muestra algo completamente diferente. Después de marcharse y desperdiciar cuanto había recibido, aquel hijo reconoció su situación y decidió regresar. Pero lo más hermoso ocurre cuando todavía estaba lejos: su padre lo vio, corrió hacia él y lo abrazó. Antes de escuchar todas sus explicaciones, ya lo había recibido nuevamente como hijo.

Así es el corazón de Dios. Cuando regresamos a Él, no encontramos una puerta cerrada ni un rostro dispuesto a reprocharnos constantemente el pasado. Encontramos a un Padre que espera, perdona y restaura. Dios no se alegra de nuestras caídas, pero se alegra profundamente cuando decidimos levantarnos y volver.

Regresar a Dios comienza muchas veces con algo sencillo: reconocer que lo necesitamos. Puede ser retomar la oración, volver a escuchar su Palabra, acercarnos al sacramento de la Reconciliación, participar nuevamente de la Eucaristía o simplemente decir desde el corazón: “Señor, aquí estoy; necesito volver a ti”.

No debemos esperar a sentirnos perfectos. Precisamente porque somos frágiles necesitamos acercarnos al Señor. Él no espera que lleguemos con una vida completamente resuelta; espera que lleguemos con un corazón sincero y dispuesto a dejarse transformar.

Quizás exteriormente seguimos cerca de Dios, pero interiormente sabemos que necesitamos regresar. También podemos estar dentro de la casa, como el hermano mayor de la parábola, y tener el corazón distante del Padre.

Hoy puede ser un buen día para volver. No importa cuánto tiempo haya pasado ni cuán lejos pensemos que hemos llegado. Siempre existe un camino de regreso.

Dios permanece esperando. Basta comenzar a caminar hacia Él para descubrir que, desde mucho antes, Él ya venía a nuestro encuentro.

Para meditar

* ¿Hay algún aspecto de mi vida en el que me he alejado de Dios?

* ¿Qué me está impidiendo regresar plenamente a Él?

* ¿Qué paso concreto puedo dar hoy para renovar mi relación con el Señor?

Dios les bendiga siempre.