Ysis Estrella Román

“El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.” (Mc 10,45)

Vivimos en una sociedad que muchas veces nos invita a pensar primero en nosotros mismos: nuestros proyectos, nuestras necesidades, nuestro bienestar. Sin embargo, Jesús propone un camino diferente. Nos enseña que una vida verdaderamente plena no se construye solamente recibiendo, sino aprendiendo a entregarnos a los demás.

Servir no significa necesariamente realizar grandes obras. Muchas veces comienza en lo cotidiano: escuchar con paciencia a quien necesita hablar, acompañar a una persona enferma, ayudar en las tareas del hogar, dedicar tiempo a los hijos, visitar a quien está solo o colaborar silenciosamente en nuestra comunidad. Son gestos sencillos que quizás nadie reconoce, pero que tienen un enorme valor delante de Dios.

Jesús hizo del servicio una manera de vivir. Lo vemos acercándose a los enfermos, acogiendo a los excluidos, alimentando a quienes tenían hambre y dedicando tiempo a quienes acudían a Él. En la Última Cena llegó incluso a ponerse de rodillas para lavar los pies de sus discípulos. El Maestro ocupó el lugar del servidor y después les dijo que también ellos debían hacer lo mismo.

Algo maravilloso sucede cuando comenzamos a servir de corazón: mientras intentamos transformar la vida de otros, nuestra propia vida comienza a transformarse. Aprendemos a mirar más allá de nuestros problemas, descubrimos necesidades que antes pasaban inadvertidas y comprendemos que nuestros talentos pueden convertirse en instrumentos del amor de Dios.

El verdadero servicio cristiano, sin embargo, no consiste solamente en hacer cosas. Podemos trabajar mucho y, aun así, olvidar por qué lo hacemos. Servir como Jesús significa aprender a mirar al otro con amor, respetar su dignidad y descubrir en él la presencia del Señor.

También necesitamos recordar que servir no significa descuidarnos ni asumir todas las responsabilidades. Jesús mismo buscaba momentos de silencio y oración. Un servicio que nace de Dios sabe reconocer los propios límites y permite también que otros nos ayuden. La humildad consiste tanto en ofrecer nuestras manos como en aceptar una mano cuando la necesitamos.

Quizás pensemos que tenemos poco que ofrecer. Pero Dios no necesita necesariamente cosas extraordinarias. Necesita corazones disponibles. Una palabra de ánimo, una llamada, una visita o unos minutos dedicados a alguien pueden convertirse en respuesta a la oración de otra persona.

Cada mañana podemos preguntarle al Señor: “¿A quién puedo servir hoy?”. Si vivimos atentos, descubriremos muchas oportunidades.

Porque quien sirve siguiendo a Jesús termina comprendiendo una hermosa paradoja del Evangelio: cuando entregamos nuestra vida por amor, no la perdemos. La encontramos llena de un sentido nuevo.

Para meditar

* ¿A quién está poniendo Dios hoy en mi camino para que pueda servirle?

* ¿Sirvo buscando reconocimiento o movido verdaderamente por el amor?

* ¿Qué don que he recibido puedo poner más generosamente al servicio de los demás?

Dios les bendiga siempre.

Ánimo!