Ysis Estrella Roman

“No se inquieten por el mañana; el mañana se inquietará por sí mismo.” (Mt 6,34)

Vivimos en una época en la que muchas personas se acuestan cansadas, pero no logran descansar. El cuerpo está agotado, pero la mente continúa trabajando. Las preocupaciones ocupan el corazón y roban la paz. Pensamos en las cuentas por pagar, en la salud de un familiar, en los hijos, en el trabajo, en el futuro. Sin darnos cuenta, comenzamos a cargar sobre nuestros hombros pesos que terminan debilitando nuestra esperanza.

Preocuparse es una experiencia humana. Todos, en algún momento, hemos sentido incertidumbre ante situaciones que escapan de nuestro control. El problema aparece cuando la preocupación deja de ser una llamada a la responsabilidad y se convierte en una carga permanente que nos impide vivir el presente. Entonces el miedo ocupa el lugar de la confianza y la ansiedad comienza a gobernar nuestras decisiones.

Jesús conocía muy bien el corazón humano. Por eso, en el Sermón de la Montaña, invitó a sus discípulos a contemplar las aves del cielo y los lirios del campo. No lo hizo para enseñar una actitud pasiva frente a la vida, sino para recordar que Dios cuida con amor de toda su creación y que nosotros valemos mucho más a sus ojos. 

La confianza en la Providencia no elimina nuestras responsabilidades, pero sí nos libera de la angustia que nace cuando creemos que todo depende únicamente de nuestras fuerzas.

Confiar en Dios no significa que desaparecerán inmediatamente los problemas. Significa caminar con la certeza de que el Señor nunca nos abandona y de que su gracia nos sostendrá en medio de cualquier dificultad. Muchas veces no cambia las circunstancias de un día para otro, pero siempre fortalece el corazón de quien se pone en sus manos.

Quizás hoy el Señor nos invita a dejar de cargar solos aquello que no podemos resolver. Hay batallas que se enfrentan trabajando, otras dialogando y muchas de ellas orando. 

Cuando ponemos nuestras preocupaciones en las manos de Dios, descubrimos que la paz no depende de que todo esté resuelto, sino de saber que caminamos acompañados por Aquel que nunca deja de cuidar a sus hijos.

No permitamos que las preocupaciones nos roben la alegría de vivir. Hagamos lo que está en nuestras manos, confiemos lo demás al Señor y avancemos cada día con serenidad. Dios sigue conduciendo nuestra historia con amor, incluso cuando el camino parece incierto.

Para meditar

* ¿Qué preocupación ocupa hoy mi corazón?

* ¿Estoy intentando resolverlo todo solo o también lo pongo en las manos de Dios?

* ¿Qué paso concreto puedo dar esta semana para vivir con mayor confianza en el Señor?

Dios les bendiga siempre.

Ánimo.