Vivimos en tiempos donde todo parece tener fecha de vencimiento. Los celulares duran poco, las modas cambian cada semana, hasta las amistades, a veces, parecen durar menos que una historia de Instagram. Y, sin embargo, hay cosas que siguen resistiendo.
Hace 37 años, un pequeño grupo de monjes cistercienses de estricta observancia, dejó España con destino a esta isla del Caribe. No vinieron buscando playas, ni turismo, ni fama. Vinieron buscando algo mucho más difícil de encontrar: un lugar donde seguir buscando a Dios.
El 3 de julio de 1987 llegaron a la República Dominicana, animados por el entonces obispo de La Vega, Monseñor Juan Antonio Flores Santana. Dos años más tarde, entre montañas, neblina y pinos de Jarabacoa, el 4 de julio de 1989, nacía oficialmente el Monasterio Cisterciense Santa María del Evangelio. Desde entonces, mientras el mundo aceleraba el paso, aquí la campana siguió marcando otro ritmo.
A las cuatro de la mañana comienza el día: Vigilias, salmos, silencio, trabajo. Lectio Divina, Eucaristía, más trabajo, más oración. Y cuando el mundo aún no logra desconectarse de sus quehaceres, el Monasterio ya ha terminado su jornada y se retira al descanso.
Muchos preguntan si no es una vida repetitiva, yo diría que es una vida fiel. Porque la vocación monástica no consiste en hacer cosas distintas cada día, sino en amar al mismo Dios todos los días.
En estos 37 años la comunidad ha crecido. Lo que comenzó como una fundación se convirtió en priorato autónomo. Hoy conviven hermanos de dos diferentes nacionalidades, demostrando que el Evangelio traspasa las culturas, cuando el lenguaje es la búsqueda sincera de Dios.
San Benito resumía la vida monástica en dos palabras: “No anteponer nada al amor de Cristo.”
Quizá ese ha sido el verdadero secreto de estos treinta y siete años, no los edificios, no los reconocimientos, no los números, sino la fidelidad silenciosa de hombres que, mientras el mundo sigue corriendo, continúan levantándose antes del amanecer para recordar, con su sola existencia, que Dios sigue siendo digno de ser buscado.
Y mientras esa campana siga sonando entre las montañas de Jarabacoa, es porque Dios ha seguido llamando hombres a su servicio, porque Dios nunca deja de llamar: ¿a quién estará llamando Dios ahora para escribir la historia monástica del país en los próximos años?…
Hasta un próximo encuentro,
Desde el monasterio.




