Manuel Pablo Maza Miquel, S.J
El 9 de septiembre de 1920, el futuro Juan XXIII predicó un sermón decisivo en su vida. Había sido escogido para dirigir el Sexto Congreso Eucaristíco Nacional en Bérgamo, con el tema: María y la Eucaristía. De las Actas del Congreso: el Teatro Rubini estaba lleno, no quedaba libre ni una esquinita. La tribuna presidencial, llena de obispos y notables. “Entonces el Profesor Roncalli empezó a hablar. Fue interrumpido muchas veces con aplausos y al final, el público conmovido y entusiasta se levantó para aplaudirlo”.
Roncalli, recordando el fervor de los humildes jóvenes soldados italianos durante la guerra, había gritado: “¡no, la Italia cristiana no está muerta!
Hebblethwaite interpreta el momento: a sus 39 años, “su discurso ante el Congreso Eucarístico lo estableció como un competente orador y un líder potencial”. Ante él se abría una promisoria carrera, pero tendría que dejar Bérgamo.
El 6 de diciembre de 1920, el Prefecto de la Congregación de Propaganda Fide [hoy, la actividad misionera de la Iglesia] le escribía al obispo Roncalli indicándole que pensaba nombrarlo director nacional de Propaganda Fide.
Reconocía sus talentos de organizador, animador y su capacidad de captar fondos. Roncalli se defendió: de seguro lo habían confundido con su difunto obispo, Radini – Tedeschi, que era un maestro de organizadores. Carecía del temperamento para el puesto. Se consideraba un hombre que no lograba hacer muchas cosas.
Se reconocía vago por naturaleza. Escribía lentamente y con facilidad se distraía. Roncalli se aconsejó, entre otros, con su amigo el Cardenal Ferrari, entonces ya en su lecho de muerte. Le escribió: “Ve. Cuando Dios llama, uno va sin dudar, abandonándose uno mismo en todo en su divina y viva Providencia”.
En la curia de Milán, Don Giovanni Rossi, el secretario personal del Cardenal Ferrari le abrazó. Roncalli y Rossi eran viejos amigos desde los años en que ambos eran secretarios de sus obispos. Roncalli, siendo papa Juan XXIII, le escribiría consultándole un proyecto. Así, Rossi sería el primero en enterarse de los planes del Concilio Vaticano II, 38 años más tarde.
El 2 de febrero de 1921 fallecía Ferrari. Roncalli elogió su vida: “él siempre prefirió el afirmar en lugar de criticar. El venció todo obstáculo con constancia invencible… buscó el Reino de Dios y su justicia y nada más”. Se estaba retratando a sí mismo.




