Desde España/ Área: Pastoral de la Salud

Mary Esthefany García

hojuelasdeesperanza@gmail.com

La esperanza fue la palabra que resonó con fuerza en la vida de un paciente joven que estaba por ser intervenido. Su corazón estaba inquieto: la ansiedad, el miedo a lo desconocido y, sobre todo, el temor a la anestesia —a no estar despierto, a perder el control— lo acompañaban en silencio. En ese contexto frágil, propio de los hospitales, donde la vida se siente vulnerable y las certezas humanas se tambalean, la fe se vuelve un refugio.

En medio de la comunión, al escuchar la Palabra que el Señor nos regala —la esperanza—, el joven asintió con humildad y pronunció un sencillo “gracias”. No fue una palabra cualquiera: fue un acto de confianza. La esperanza, virtud teologal, no niega el miedo, pero lo atraviesa con la certeza de que Dios camina con nosotros incluso en los pasillos del dolor. En los hospitales, la fe cristiana nos enseña a mirar con ojos nuevos: allí donde parece haber sólo límites, Dios se hace presencia cercana, consuelo silencioso, fuerza que sostiene.

Hablar de fe en estos espacios es reconocer que Cristo también entra a las salas de cirugía, se sienta junto a la camilla y toma la mano temblorosa. La esperanza se aprende —y se ofrece— como un don que nace del encuentro con el Señor, especialmente en la debilidad.

“Que el Dios de la esperanza los colme de toda alegría y paz en la fe, para que abunden en esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rom 15,13).

Oración final

Señor Jesús, Tú que conoces nuestros miedos y fragilidades, derrama tu paz sobre quienes atraviesan la enfermedad. Fortalece su fe, renueva su esperanza y haznos instrumentos de tu consuelo. Amén.