Desde España/ Área: Pastoral de la Salud
Mary Esthefany García
En la experiencia humana del sufrimiento hay un misterio profundo. Todos, tarde o temprano, nos encontramos con la cruz: preocupaciones, enfermedades, incomprensiones, fracasos o heridas del corazón. Sin embargo, desde la fe descubrimos que no todo sufrimiento es igual. Existe una diferencia espiritual muy grande entre llevar simplemente nuestra cruz y llevar la cruz de Cristo.
Muchas veces sufrimos en exceso porque concentramos nuestra mirada únicamente en nuestros propios problemas. Nos preguntamos por qué nos sucede esto, por qué no somos comprendidos o valorados, por qué las cosas no salen como esperábamos. Nuestro corazón se encierra entonces en su propio dolor. Pero el Evangelio nos invita a levantar los ojos y mirar más allá de nosotros mismos.
Existe una hermosa tradición espiritual que nos recuerda esto. El santo sacerdote español, el Beato Padre Hoyos, tuvo una profunda experiencia del Corazón de Jesús. En su oración hizo con el Señor una especie de intercambio espiritual: “Señor, yo me ocuparé de tus cosas y de tu gloria en el mundo, y tú ocúpate de las mías”. Es una intuición sencilla, pero profundamente evangélica: poner primero el corazón en Cristo.
Algo semejante encontramos en San Pablo. En el capítulo 9 de la carta a los Romanos, el apóstol abre su corazón con palabras muy solemnes: “Digo la verdad en Cristo… tengo gran tristeza y dolor incesante en mi corazón”. No se trata de un sufrimiento pequeño. Es un dolor profundo y constante. Pero sorprende descubrir cuál es la causa de ese dolor: no son sus persecuciones, ni sus dificultades, ni sus fatigas apostólicas. Su tristeza nace de ver que muchos de su propio pueblo no han reconocido a Cristo. El dolor de Pablo es que Jesús no es amado.
Ahí está la clave. Cuando el cristiano comienza a sufrir por lo que hiere el corazón de Cristo —la falta de fe, la indiferencia, el sufrimiento de los hermanos— su propio dolor se transforma. Ya no vive encerrado en sí mismo, sino unido al amor redentor del Señor.
Quizá hoy podamos hacer también ese pequeño pacto interior: “Señor, yo quiero ocuparme de lo que a Ti te preocupa”. Cuando el corazón se abre así, descubrimos que Dios también cuida de nuestras propias cruces.
Por eso, hermano, levanta la mirada. Más allá de tu dolor existe un mundo que necesita esperanza. Camina con los pies en la tierra, pero con el corazón puesto en el cielo.




