En estos días, mientras buscaba un adorno navideño, recorrí varios establecimientos comerciales y me encontré con una copiosa oferta de artículos para la Navidad: árboles verdes, blancos y plateados; globos, luces y todo tipo de decoraciones para engalanarlos; renos blancos y dorados; y Santa Claus de todos los tamaños imaginables. En fin, había tantas y tan variadas opciones que, de haber querido comprarlas, no habría sabido con cuál quedarme.

Sin embargo, en medio de tanta abundancia, algo dentro de mí suscitó una pregunta con tal fuerza que no pude comprar nada: ¿Y los pesebres? ¿Dónde están los adornos que nos permiten celebrar la Natividad del Señor?

No encontré ninguno, salvo en uno de los establecimientos que visité. Allí, en un rincón de un estante, arrumbado y muy difícil de encontrar, había un pesebre diminuto, casi imperceptible.

En ese instante, las preguntas comenzaron a brotar como una catarata: ¿no estaremos olvidando que estamos llamados a ser «sal de la tierra» y «luz del mundo» (Mateo 5, 13-14)? ¿No estaremos permitiendo que los afanes cotidianos y las responsabilidades de cada día nos hagan olvidar nuestro compromiso de transmitir, en cada acción y en cada actividad, nuestra identidad como católicos?

¿Para quién preparamos la Navidad? ¿Para los demás? ¿Para las fotografías y las selfies? Y, más importante aún, ¿está nuestra alma preparándose verdaderamente para recibir al Señor?

Sé que muchos dirán que lo externo no es lo esencial y que la fe se lleva en el corazón. Y es cierto: la esencia de la Navidad no está en los adornos. Sin embargo, siempre he pensado que los signos externos también comunican aquello en lo que creemos. No podemos pretender transmitir adecuadamente nuestra fe si nuestras expresiones, nuestras costumbres y nuestras celebraciones dejan de reflejar el mensaje que profesamos.

¿Olvidar el pesebre en Navidad no sería como celebrar un cumpleaños sin el cumpleañero?

El pesebre es mucho más que un adorno navideño. Es la representación de aquel acontecimiento que los cristianos conmemoramos cada 24 de diciembre: el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, que se hace Niño para venir a salvarnos. Es una manera de anunciar al mundo que Dios nos ama tanto que quiso hacerse pequeño, nacer en la humildad de un pesebre y compartir nuestra condición humana.

El pesebre nos recuerda, además, que existen valores que no podemos perder de vista: la familia, la humildad, la sencillez, la austeridad, la fraternidad y la vida en comunidad. Nos enseña que estos bienes tienen un valor mucho mayor que el boato, la ostentación y la abundancia de posesiones materiales.

En medio del ruido, las compras, los compromisos y las luces que adornan nuestras calles y hogares, hay momentos en los que necesitamos detenernos, recogernos y dejar que Dios nos abrace. Porque la Navidad no consiste solamente en preparar nuestras casas para celebrar, sino también en preparar nuestro corazón para recibir a Jesús.

Quizás, al colocar el pesebre en nuestros hogares, podamos recordar lo esencial: que el centro de la Navidad no son los regalos, los adornos ni las celebraciones, sino ese Niño que, desde la sencillez de un pesebre, viene a recordarnos cuánto nos ama Dios.

Que no nos falte el árbol iluminado, pero que tampoco nos falte el pesebre. Que las luces de nuestras casas no nos impidan reconocer la verdadera Luz que vino al mundo. Y que, entre tantos preparativos, nunca olvidemos preparar el corazón para recibir a Aquel que da sentido a nuestra alegría.

Porque, al final, la Navidad comienza de verdad cuando hacemos espacio para Jesús, dejamos que Dios nos abrace y permitimos que su amor ilumine nuestra vida.