El amparo de los Principados

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Camino de preparación para la Gran Consagración a San Miguel Arcángel

Jimmy Drabczak

San Miguel Arcángel, defensor de la Iglesia

Hay palabras de Jesús que atraviesan los siglos y permanecen como una roca para los creyentes. En Cesarea de Filipo, después de la confesión de fe de Pedro, el Señor declaró: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18).

Esta promesa sostiene a la Iglesia de todos los tiempos. Cristo no prometió que estaría libre de dificultades. La Iglesia ha conocido persecuciones, divisiones, errores y también el dolor provocado por los pecados de sus propios miembros. Puede ser herida y necesitar constantemente purificación y conversión, pero no será destruida, porque pertenece a Cristo.

Por eso debemos distinguir entre la crítica sincera, que busca corregir y purificar, y la mentira o el odio que pretenden desacreditar a la Iglesia y reducirla a una institución meramente humana. Reconocer sus pecados no significa dejar de amarla. Precisamente porque la amamos, deseamos una Iglesia cada día más santa y fiel al Evangelio.

San Maximiliano María Kolbe, siendo joven estudiante en Roma, quedó profundamente impresionado al contemplar manifestaciones anticatólicas que atacaban públicamente a Cristo y a la Iglesia. Aquella experiencia le hizo comprender que el combate espiritual continúa en cada generación, aunque cambien sus formas.

La tradición cristiana ha invocado durante siglos a San Miguel Arcángel como defensor del Pueblo de Dios. El libro del Apocalipsis lo presenta combatiendo contra el dragón (cf. Ap 12,7-9). Su victoria no procede de un poder independiente de Dios: San Miguel combate al servicio del Señor y toda su misión proclama: ¡Quién como Dios!

También el papa León XIII, profundamente preocupado por los ataques espirituales contra la Iglesia, promovió la conocida oración: «San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla…». Era una invitación a recordar que la Iglesia necesita no solamente medios humanos, sino también oración, vigilancia y confianza en Dios.

Hoy el combate continúa. Se debilita la familia, se cuestiona la dignidad de la vida, se ridiculizan valores cristianos y muchos bautizados viven alejados de la fe. A esto se añaden nuestros propios pecados e incoherencias.

¿Cómo defender entonces a la Iglesia?

No principalmente gritando contra sus enemigos. La mejor defensa de la Iglesia es nuestra santidad. La defendemos cuando rezamos, vivimos los sacramentos, protegemos la familia, practicamos la caridad, anunciamos la verdad sin odio y damos un testimonio coherente del Evangelio.

Dentro de la tradición sobre los coros angélicos, los Principados se relacionan con el cuidado del orden de los pueblos y comunidades. Su contemplación nos recuerda que la historia humana permanece bajo la providencia de Dios.

No tengamos miedo. La Iglesia no es invencible porque nosotros seamos perfectos, sino porque Cristo permanece con ella.

Pidamos a San Miguel que proteja al Pueblo de Dios, fortalezca al Papa, a los obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, conserve nuestra unidad y nos ayude a permanecer fieles. San Miguel Arcángel, defensor de la Iglesia, protégenos en el combate, fortalece nuestra fe y ayúdanos a vivir de tal manera que nuestra vida proclame siempre: ¡Quién como Dios! Amén.