Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.

El 2 de agosto de 1944, Turquía rompió relaciones con Alemania. El 5 de agosto Von Papen y su familia regresaron a Alemania. Hebblewaith opina que “desde el punto de vista del Vaticano, Roncalli había mostrado un celo excesivo en ayudar a los judíos y había echado demasiado dinero en el hueco sin fondo del soborno”. 

Von Papen narra su último encuentro con Roncalli: “Cuando tuve que partir, me habían llamado de Berlín, él [Roncalli, el futuro Juan XXIII] vino a ver en la primera parada del tren, luego de la estación principal. 

Durante diez minutos, nos paseamos para arriba y para abajo en la plataforma como dos viejos amigos. Al final, yo me arrodillé y le pedí su bendición. 

Hice esto, porque pensé que era la última vez que le vería, dado que los aliados me ahorcarían con toda seguridad. Entonces el Delegado Apostólico puso una carta en mis manos. Ahora está en los Archivos Americanos. Yo la leí en el tren. Un hermano no habría escrito con mayor cordialidad”.

Esa buena voluntad, Roncalli la extendía a todos: ortodoxos, protestantes, judíos, musulmanes, creyentes y no creyentes… 

Sintiendo que la guerra llegaba a su fin, Roncalli había predicado así en la fiesta de Pentecostés del 1944: “… la lógica de la división no se sostiene. Jesús vino a romper todas estas barreras; el murió para proclamar la hermandad universal; el punto central de su enseñanza es la caridad, es decir el amor que vincula a toda la humanidad a él, como al hermano mayor y nos une a todos junto con él al Padre”. 

Con ese mismo mensaje había iniciado su ministerio en Estambul en 1935, ahora repetía su mensaje de esperanza en medio de “la catástrofe y el desamparo”.

El 6 de diciembre, 1944, Roncalli recibía el telegrama de Tardini nombrándolo nuncio en París. El telegrama le cayó “…como un rayo. Yo estaba asombrado y desmayado. Fui a la capilla a preguntarle a Jesús si debía eludir esta carga y cruz, pero cuando la calma volvió, yo decidí aceptar, según el principio de “non recuso laborem” [no rechazó el trabajo]. 

Fue así como pasé la noche entre San Nicolás y San Ambrosio, dos hombres que fueron llamados al episcopado y llegaron a ser grandes santos y santificadores”. (Hebblewaith, 1985: 190 – 195).