William Arias
(Mons. Valentín Reynoso (Plinio), al escuchar en los nueve días de María Ramona Tavarez la semblanza de su vida, dijo que me la enviarán para publicarla en este espacio. Pedí a los que la conocían que la resumieran, para que se conociera este bonito testimonio de alguien que supo vivir la fe y su entrega a Dios. Y me parece, buscando en mis recuerdos, que una vez la conocí en uno de esos encuentros de formación bíblica o en una Eucaristía).
María Ramona Tavárez nació el 19 de mayo de 1948, hija de Ana Rosaura Ortega y Benedicto Tavárez. Llegó al mundo para convertirse, sin saberlo, en el corazón de una familia numerosa. Fue la hermana mayor de doce hermanos, y desde muy joven aprendió que el amor verdadero muchas veces se expresa en el sacrificio, en la responsabilidad y en la entrega silenciosa.
Su infancia estuvo marcada por el deber, pero también por una enorme capacidad para amar. Mientras el tiempo pasaba, ella fue creciendo con un sentido profundo de protección hacia los suyos.
La vida de María Ramona fue una historia de amor silencioso, sacrificios invisibles y una entrega que pocas personas son capaces de sostener durante tantos años.
Fue una mujer fuerte, pero con una ternura inmensa. Supo enfrentar dificultades sin perder la fe. Su grandeza nunca hizo ruido. No necesitó reconocimiento para hacer el bien. Cuidaba porque así era su naturaleza. Daba porque su corazón no sabía actuar de otra manera.
Uno de esos testimonios llegó a través del Padre Darío Taveras, quien compartió una conversación con el Padre Martín Olivio, sobre los años en que mi tía Ramona trabajó junto a los Misioneros del Sagrado Corazón. Él recordó su inteligencia, su sentido común, su excelencia en el servicio y la manera extraordinaria en que atendía a las personas con delicadeza, hospitalidad y amor.
El Padre Martín Olivio insistió en que escribiera, en letras muy grandes, que Ramona era muy estimada por los Misioneros del Sagrado Corazón. Ese reconocimiento resume la huella que dejó en quienes tuvieron el privilegio de conocerla.
Su amor nunca fue de palabras vacías. Era un amor que se demostraba en los pequeños detalles: en la comida preparada con cariño, en las noches de desvelo, en los consejos dados con paciencia y en esa manera única que tenía de hacer sentir protegidos a quienes estaban a su lado.
Esta crónica, escrita por su sobrina María Bethania Tavárez, quien fue criada por María Ramona, expresa desde lo más profundo de su corazón, que una vida tan grande no podía contarse solamente desde sus recuerdos o desde el amor de su familia. También era necesario escuchar a quienes caminaron junto a ella y fueron testigos de la persona extraordinaria que fue su tía.
El 30 de julio de 2026, María Ramona Tavárez partió de este mundo, dejando un vacío inmenso en el corazón de todos los que tuvimos el privilegio de amarla. No solo se nos fue una persona querida; se fue una mujer que sostuvo a muchas personas durante toda su vida.
María Ramona Tavárez vivió 78 años, pero su amor trascendió el tiempo. Fue una mujer que dio más de lo que recibió, que amó sin medidas y que convirtió su existencia en un acto permanente de amor. Su historia terminó en la tierra, pero su amor seguirá viviendo para siempre en nuestros corazones. Una vida que será recordada con amor, gratitud y eterna admiración.
(Gracias al buen Dios por el testimonio de esta hija suya, y que el Señor nos ayude a todos a poder seguirle y hacerle presente, como lo hizo ella mientras caminó en este mundo).



