Pedro Domínguez

De repente, compitiendo con el ruido de las motocicletas, escuché una voz que, desde una “guagüita anunciadora”, solicitaba personas para trabajar en la industria del tabaco. De inmediato recordé mi infancia: ese era el método ideal para promover la venta de víveres y de sencillos artículos del hogar. ¡Oh, nostalgia! Esta escena la disfruté la semana pasada en Tamboril, Capital Mundial del Cigarro, con decenas de fábricas dedicadas a ese producto, muchas de primerísima calidad.

En este municipio de la provincia de Santiago prácticamente no existe el desempleo. Es una muestra de cómo marcha nuestro país en sectores importantes de la economía. Miles de personas, de manera directa o indirecta, viven de los derivados de esta planta, que cada día atraen más inversión local y extranjera. Las exportaciones de cigarros crecen a un ritmo sostenido y constituyen un atractivo para difundir nuestro turismo.

Mi familia es de allí. El samán es nuestro árbol familiar; Yco Martínez, nuestro Premio Nobel de Medicina; monseñor Juan Antonio Flores, nuestro santo; doña Trina de Moya, nuestro himno inmortal; Tomás Hernández Franco, nuestro Rubén Darío; el ámbar, nuestra piedra preciosa; nuestro parque, principal monumento; y nuestro más sentido refugio de fe, la iglesia de la parroquia San Rafael Arcángel.

¿Por qué el nombre de Tamboril? En el libro de Elsa Brito, mi madre, titulado “Tamboril, mi pueblo amado”, hay respuestas: “Una versión refiere que en la época de la colonización española, el intrépido Ginés de Gorvalán, al recrearse en las praderas vírgenes con un arroyo de aguas frescas observó que al llegar a la llanura formaba un gran charco. Las piedras bajaban de las verdes montañas y al besar las aguas levantaban burbujas y sonidos tan vibrantes que le parecía un instrumento musical. La historia y la fantasía recogen que el soñador exclamó: ¡me recuerda a España! Este sonido suena como un tamboril”.

La escritora afirma que le fascina el relato de don Víctor Hernández Espaillat en el célebre mitin en que los tamborileños pedían restaurar su primitivo nombre (se llamaba “Peña’).

Refería don Víctor que unas “lindas mujeres mirando el espejo azul de las aguas escucharon el sonido de piedras, que se abrazaban y asociaron ese encantamiento a un tamboril y con ritmo de montaña fresca se pusieron a bailar”.

Cuando terminó su narración, mi madre le preguntó: “Víctor, ¿de dónde sacaste este escenario tan formidable?”. Con risas y ademanes contestó: “Hay que rescatar el nombre de Tamboril con leyes y con esos inventos fantásticos que regala la poesía”.

Hoy le canté a Tamboril, con pinceladas que reflejan las tradiciones, la calidad, y la nobleza de su gente. ¡Qué agradable resulta remontarnos a nuestros orígenes!