Pedro Domínguez

Ser abogado me ha enseñado a comprender mejor la condición humana, y he llegado a la conclusión de que en ella hay muchas más luces que sombras. En mi labor he sentido felicidad, tristeza, esperanza y desaliento. Cada vivencia, bien asumida, contribuye a que uno sea mejor persona y un profesional más competente.

He observado a la madre anciana, desde la madrugada, hacer fila frente a la cárcel, con una bolsa de plástico en sus manos, con los escasos alimentos que pudo conseguir para llevarle a su hijo, condenado a varios años de prisión por robo. Aguanta sol, lluvia, hambre y sed, no importa; ver a su criatura cada semana es lo único que la mantiene con vida.

¡Dios! ¡Si la gente supiera cuánto sufren sus familiares y amigos, lo pensarían mejor antes de cometer delitos y terminar entre rejas! En tales situaciones, el dolor del entorno es, en ocasiones, mayor que el del propio presidiario.

He observado a abogados que asesinan a Cervantes cada vez que se expresan. Siendo yo juez laboral en una demanda a un empleador abusador, uno me solicitó: “Magistrado, pregúntele al testigo que le diga a usted lo que él me dijo y yo le dije que se lo dijera, que él sabe muy bien lo que tiene que decir, que es lo que yo le dije después de lo que él me dijo”.

Lo triste es que esto se expande como pólvora a otras profesiones, y, lo peor, a una juventud que huye de la cultura como el diablo de la cruz.

He observado casos de feminicidio, que es el último peldaño de la agresión. Quien la maltrata o asesina es un pusilánime que se cree jefe, amo y señor de una dama, como si tuviera derecho a disponer de su cotidianidad y de su vida. Es egoísta, violento y profundamente miserable en valores.

Hombre cobarde: ¿qué derecho crees tener para irrespetarla, ofender su dignidad, golpearla o asesinarla, estén juntos o no?

He observado asuntos de herencia, verdaderamente desgarradores; para ellos tengo una sentencia: “Por más duelos de espadas que se produzcan entre las partes, al final la solución suele ser la misma que si no se hubieran herido, a veces de muerte: a cada quien le corresponderá lo que establezca la ley”.

Entonces, herederos: ¿por qué llegar a los extremos, como si los caprichos o reclamos individuales fueran más trascendentes que la unidad entre todos?

Pero también he observado a padres, hijos y primos unidos en buenas causas; a excelentes empleadores y trabajadores; a ciudadanos que cumplen con la ley; y a abogados que actúan con responsabilidad. ¡Gracias a Dios, esos son la mayoría! 

Ser abogado es un aprendizaje permanente.