Cada día crece la preocupación de la ciudadanía por los constantes hechos de violencia, crímenes, robos, y atracos que están ocurriendo. La gente se siente huérfana de protección. Ante esta realidad algunos ciudadanos permanecen indiferentes, otros quieren hacer justicia por sus propias manos, y algunos hasta justifican cuando algunos miembros de la policía le quitan la vida a un ser humano alegando un intercambio de disparos, unas veces reales, y otros que no resisten una investigación transparente que avale esa afirmación.
Estemos claros, por esa vía jamás terminaremos con la delincuencia. Además, aquí no está permitida la pena de muerte.
El aumento de la violencia y la descomposición social tienen varias causas. Entre ellas encontramos:
- El deterioro de la familia
- El mal ejemplo de muchos políticos que cuando administran fondos públicos, caen en la trampa de la corrupción convirtiendo esta conducta delictiva en un estímulo para aquellos que desean acumular fortuna de forma fácil y rápida.
- La falta de políticas sociales que permitan a los jóvenes crecer sanos.
- La falta de oportunidades para que ellos hagan realidad sus justas aspiraciones, de hacer una carrera encontrando un espacio en la administración pública o privada que les permita poner en práctica los conocimientos adquiridos en politécnicos y universidades.
- Es hora de trabajar cada vez más en la construcción de una nación más equitativa.
- Hacer realidad la cultura del encuentro y la solidaridad.
Derribar todos los muros que impidan llegar al país en donde no exista la complicidad con el crimen, la impunidad y la falta de consecuencia para aquellos que con sus actuaciones retrasan un futuro mejor.
Comprendamos, como dice la canción que tantas veces hemos cantado en nuestros templos: Si yo no cubro al desnudo, y al ladrón lo quiero muerto, si al que peca lo repudio y al hambriento no alimento: No soy digno de ti, Señor.




