Hay algo curioso en el calendario de la Iglesia, de la mayoría de los santos celebramos el día de su muerte. No por morbo, sino porque para nosotros los cristianos, ese es el día del nacimiento a la Vida Eterna. Sin embargo, con San Juan Bautista ocurre algo raro.
La Iglesia celebra su martirio… y también su nacimiento. De hecho, junto con Jesús y la Virgen María, es de los poquísimos cuyo natalicio tiene una celebración propia tan destacada. Y eso debería hacernos preguntar: ¿Qué tenía este hombre para que la Iglesia le hiciera fiesta hasta el día que nació?
La respuesta está en el Evangelio. Juan no vino a ocupar el centro. Vino a señalarlo. Mientras hoy muchos viven obsesionados con ser vistos, tener seguidores, Juan pasó la vida diciendo: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya.” Imagínate eso en tiempos de Instagram.
El hombre tenía discípulos, fama y credibilidad. Y aun así renunció al protagonismo para apuntar hacia Cristo. Por eso los antiguos monjes le tenían un cariño especial.
Antes de que existieran los monasterios como los conocemos hoy, ya Juan estaba viviendo algo parecido: desierto, silencio, austeridad, oración y una existencia completamente orientada hacia Dios.
Los Padres del desierto veían en él una especie de precursor de la vida monástica. No porque fuera monje, sino porque entendió algo fundamental: uno encuentra su verdadera identidad cuando deja de ser el centro de su propia historia.
Y aquí viene la paradoja: Celebramos su nacimiento porque Juan nació para preparar el nacimiento de alguien más grande. Su vida fue una flecha, nunca quiso que nadie se quedara mirando la flecha, quería que todos miraran la dirección.
Por eso, seis meses antes de Navidad, la Iglesia coloca estratégicamente esta solemnidad. Mientras los días del año comienzan a acortarse, después del solsticio de verano, la figura de Juan también comienza a menguar. Y es imposible no pensar en sus palabras: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya.”
Quizá por eso sigue siendo tan actual. Porque en una época donde todos quieren ser influencers, Juan nos recuerda una vocación olvidada: No vinimos al mundo para que nos miren a nosotros, vinimos para que, a través de nosotros, alguien pueda encontrarse con Cristo.
Hasta un próximo encuentro,
Desde el monasterio.




