Teólogo y laico

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Eduardo M. Barrios, S.J.

ebarriossj@gmail.com

Para muchas personas la profesión de teólogo va ligada al estado clerical. Piensan que no se puede conjugar en una persona ser teólogo y laico al mismo tiempo, como si hubiese una contradicción en términos.

La realidad es otra, y tiene raíces muy antiguas en la Historia de la Iglesia. Durante los primerísimos siglos de la Iglesia no se distinguía bien el clero del laicado en cuanto que no se había generalizado la disciplina eclesiástica de ordenar solamente a quienes tuviesen el carisma del celibato.

Eso explica, por ejemplo, que el primer teólogo que escribió en Latín, Tertuliano (siglo III), haya sido ordenado sacerdote estando casado. Este prolífico autor no ha sido canonizado por tener algunos escritos heterodoxos, pero la Iglesia lo aprecia, y ha incorporado varios textos suyos a la Liturgia de las Horas.

La tarea de dar una explicación racional a las verdades de la fe se llama Teología. Se define como “fides quaerens intellectum” (la fe que busca entender), según San Anselmo de Canterbury.

Entre los primeros pensadores cristianos que pusieron por escrito sus reflexiones teológicas recordamos a San Gregorio de Nisa, San Gregorio Nacianceno y San Pedro Crisólogo, todos ellos casados. Pertenecen a la edad de oro de la patrística, el siglo IV. 

Pero con el auge de la vida religiosa, la Iglesia encontró candidatos más idóneos para el sacerdocio y el episcopado en los monasterios, porque contaban con buenas bibliotecas para el estudio de las ciencias sagradas. El pueblo, además, prefería a los ministros célibes. Siglos después, en las universidades medievales la enseñanza de la Teología se reservó exclusivamente a los clérigos.

Luego, avanzado el siglo XVI, el Concilio de Trento estimuló la creación de los Seminarios Mayores. Clérigos y miembros de órdenes religiosas impartían las clases en esos centros de estudio. 

Al asomarnos al siglo XX encontramos a dos laicos ingleses que cultivaron la Teología con éxito, a saber, C.S. Lewis y G.K. Chesterton. Pero hubo que esperar hasta mediados del siglo XX a que el Concilio Ecuménico Vaticano II valorase más el papel del laicado en la Iglesia.

Eso abrió las puertas a los laicos interesados en cultivar la Teología. No resultaba tarea fácil, porque una buena preparación teológica requiere tiempo, y hasta exige conocimiento suficiente de lenguas como el Latín y el Griego.

Como obstáculo material podríamos mencionar con rubor que un laico con esposa y prole descubre que no se gana mucho enseñando Teología.

Pero no faltan teólogos que pueden cultivar la Teología sin preocupaciones económicas. Por ejemplo, hay un laico profesor de Teología, llamado Roberto Segundo Goizueta, que tiene buenaposición económica por sus vínculos familiares con la industria de la Coca Cola.

En el Sur de la Florida es muy conocido un profesor laico de seminarios. Se llama Sixto García, y sus numerosos alumnos y ex alumnos lo aprecian mucho.

Cuando decimos teólogos incluimos también a las teólogas. Hay mujeres dedicadas a cultivar la Teología con mucho rigor científico.

Recordemos a Dolores Aleixander, religiosa española, muy competente en Teología y Sagrada Escritura. Aclaramos, además, que las religiosas no pertenecen al clero.

Los últimos Papas han decidido aprovechar mejor el talento femenino en todas las áreas de la Iglesia, incluyendo la enseñanza de la teología. Y ahora también hay mujeres que ocupan puestos de mucha responsabilidad en los dicasterios de la Santa Sede.

En Estados Unidos tenemos teólogas destacadas como Elizabeth A. Johnson en la Universidad de Fordham y Mary Catherine Hilkert en la de Notre Dame.

Sería muy largo dar una lista completa de hombres laicos y de mujeres que practican la Teología en los diferentes países del mundo.

Terminemos dando gracias a Dios por estar contemplando la democratización de la Teología profesional.