Eduardo M.Barrios, S.J.
La oración de Jesús es todo un misterio, porque él existe como misterio de dos naturalezas, la divina y la humana, en la unidad de una sola persona divina, la del Hijo.
El Hijo encarnado, Jesús, no tenía a nadie igual a él en este mundo. Nadie podía comprenderlo a fondo. Por eso se refugiaba frecuentemente en el trato con su Padre celestial. A veces le hurtaba horas al sueño para orar. Como narra San Lucas, Jesús, antes de elegir a sus doce apóstoles, “salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios” (6,12).
Él ilustró la unicidad de su relación con el Padre con estas palabras: “Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo” (Lc 10, 22)
Los tres evangelios sinópticos cuentan que la noche del Jueves Santo, Jesús salió del Cenáculo y se encaminó con sus discípulos hacia el Monte de los Olivos. Pero solamente San Lucas añade “como de costumbre” (22,39). Jesús no practicaba la oración esporádicamente, sino que acostumbraba orar. Allí en Getsemaní oró diciendo: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mt 26,39). Dijo “Padre mío”, no “Padre nuestro”.
Mucho antes, cuando Jesús había peregrinado a Jerusalén por tener ya doce años, se quedó en el templo de Jerusalén por su cuenta. A los sorprendidos María y José les dio esta explicación: “¿No sabían que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” (Lc 2,49). No dijo, “nuestro Padre”, sino “mi Padre”.
Esta observación tiene importancia, porque algunos opinan que Jesús enseñó a sus discípulos el “Padre Nuestro” como oración que él mismo rezaba. No es así. Jesús enseñó esa sublime
oración cuando los discípulos le hicieron esta petición: “Señor, enséñanos a orar como Juan (Bautista) enseñó a sus discípulos” (Lc 11,1). No le pidieron que les enseñase a orar como él mismo oraba.
Quede bien claro que el Padre Nuestro no es una oración que Jesús recitase, sino una oración para sus discípulos. Además, esa oración contiene una súplica penitencial que no le pertenece por ser impecable.
En tiempos bíblicos se leía en voz alta. Por eso el diácono San Felipe oyó a un etíope que iba leyendo un texto de Isaías (cfr. Hechos 8, 29-39).
Jesús mismo también leyó en voz alta otro texto de Isaías en la sinagoga de Nazaret (Lc 4, 14-21).
Y también los creyentes rezaban en voz alta. Recordemos que cuando Ana, la madre de Samuel, oraba moviendo los labios en silencio, el sacerdote Elí pensó que estaba borracha, (Cfr. 1Sam 1, 12-16).
Y en cuanto a orar, a Jesús se le oyó rezar en voz alta. Una vez, lleno de la alegría del Espíritu Santo, prorrumpió en acción de gracias al Padre: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las ha revelado a los pequeños” (Lc 10,21).
Cuando Jesús llegó a Betania, oró ante la tumba de Lázaro con estas palabras: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre…” (Jn 11, 41-42).
La oración más larga de Jesús ante otros se conoce como la oración sacerdotal, y aparece en el capítulo 17 de San Juan: “Jesús, levantando los ojos al cielo dijo: Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti…” Cuando Jesús agonizaba en la cruz, pronunció breves oraciones. La última dice: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).
Nunca se le oyó decir “Padre nuestro”.




