María Fiordaliza Nuñez Valerio

Directora de la Escuela de Derecho de la UCATECI

Hay estrofas que no solo se cantan; también se convierten en oración. Es muy común escuchar a muchos hermanos cantar: “Danos un corazón grande para amar. Danos un corazón fuerte para luchar”.

Estas palabras sencillas resumen una necesidad profunda del ser humano y, especialmente, del cristiano de hoy: aprender a amar con amplitud y luchar con esperanza.

Pedir un corazón grande para amar es pedir la capacidad de salir de nosotros mismos. En un mundo donde muchas veces predomina la indiferencia, el Evangelio nos invita a tener un corazón capaz de comprender, perdonar, escuchar y acompañar. Un corazón pequeño se encierra en el orgullo, en el resentimiento o en el miedo; un corazón grande sabe hacer espacio para Dios y para los demás.

Pero el canto también pide un corazón fuerte para luchar. La vida cristiana no está libre de dificultades. Cada día enfrentamos cansancio, preocupaciones y pruebas que pueden debilitarnos. Por eso necesitamos fortaleza espiritual para seguir adelante sin perder la fe. No se trata de luchar con violencia o dureza, sino con perseverancia, paciencia y confianza en Dios.

Jesús mismo nos mostró ese equilibrio perfecto: un corazón inmensamente lleno de amor y, al mismo tiempo, firme ante el sufrimiento y la cruz. Su ejemplo nos recuerda que amar de verdad también exige valentía.

Es una canción conocida por todos y que también contiene un llamado profundo: “Hombres nuevos, creadores de la historia, constructores de nueva humanidad”. Es posible que muchas veces no hayamos pensado en todo lo que esta canción nos invita a vivir; sin embargo, sus palabras despiertan en nosotros nuevas fuerzas, grandes esperanzas y un mayor compromiso cristiano.

Hoy más que nunca necesitamos hombres y mujeres con corazones así: sensibles ante el dolor ajeno y fuertes para defender la verdad, la familia, la esperanza y la fe. Personas que no se rindan ante el egoísmo ni ante el desánimo.

Invito a todos a escuchar esta canción completa, porque en ella se refleja uno de los mensajes más hermosos y más necesarios para nuestro tiempo: aprender a amar. Amar a Dios, amar al prójimo y amar incluso en medio de las dificultades. Ese es, sin duda, el camino que puede transformar nuestra vida y nuestra sociedad. Dios necesita corazones grandes para amar y personas valientes que ayuden a construir un mundo más humano, más justo y más lleno de esperanza.