Hubo un tiempo en que los símbolos hablaban por sí solos. Una corona representaba autoridad, un anillo, fidelidad, una bandera, una nación. Y una procesión era mucho más que gente caminando: era una declaración pública de fe.

Por eso, cuando la Iglesia instituyó la solemnidad de Corpus Christi en el siglo XIII, la pregunta no era por qué sacar la Eucaristía a las calles, sino más bien: ¿cómo no hacerlo?. La fiesta fue establecida por el Papa Urbano IV, en 1264, para destacar una verdad que algunos comenzaban a cuestionar: que en la Eucaristía no recibimos un simple símbolo o recuerdo de Jesús, sino a Cristo realmente presente.

Y entonces ocurrió algo extraordinario. El mismo Señor que permanecía en el Sagrario, comenzó a recorrer plazas, caminos y ciudades. Se adornaban las calles, sonaban las campanas y el pueblo acompañaba al Santísimo. No era folclore religioso. Era una manera de proclamar: “Nuestro Rey está aquí.”

Y quizá ahí está el reto para nosotros. Vivimos en una época donde nunca hubo tantos símbolos… y nunca significaron tan poco. Se envían corazones sin amar, se publican cruces sin rezar, se comparten frases profundas sin detenerse a pensarlas. Los signos siguen existiendo, pero muchas veces han perdido su peso.

Por eso, Corpus Christi sigue siendo tan actual, cada “Jueves Corpus”, Cristo sale a las calles presente y real en el Santísimo Sacramento del altar. Lo que nos obliga a responder una pregunta incómoda: cuando vemos una Hostia consagrada, ¿vemos un símbolo o una Presencia?

Si creemos que Cristo está realmente allí, la procesión tiene sentido, la adoración tiene sentido, arrodillarse tiene sentido. Si no, todo se convierte en una representación vana y vacía.

Los primeros cristianos llamaban a la Eucaristía “medicina de inmortalidad”. Los santos la consideraban el tesoro más grande de la Iglesia. Y hoy sigue siendo el mismo misterio: Dios escondido bajo la apariencia humilde de un poco de pan. Tal vez esa sea la enseñanza más necesaria de Corpus Christi, en un mundo donde todo quiere llamar la atención, Dios sigue eligiendo quedarse en silencio, porque no solo quiso hablar con nosotros, quiso quedarse.

Hasta un próximo encuentro,  

Desde el monasterio.