Ysis Estrella Roman
¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino?” (Lc 24,32)
En este tercer domingo de Pascua, el Evangelio nos presenta a dos discípulos que caminan hacia Emaús, alejándose de Jerusalén. Van tristes, desanimados, confundidos. Habían puesto su esperanza en Jesús, pero la cruz parecía haberlo terminado todo. En ese camino de decepción, el Señor resucitado se acerca y comienza a caminar con ellos, aunque no lo reconocen.
Jesús no irrumpe con reproches ni con fuerza. Se acerca con discreción, escucha sus preocupaciones y les explica las Escrituras. Poco a poco, su corazón comienza a arder. La Palabra ilumina su tristeza y les ayuda a comprender que la cruz no era el final, sino parte del camino hacia la gloria.
También nosotros vivimos momentos de Emaús. Hay situaciones que no entendemos, heridas que nos pesan y caminos que recorremos con incertidumbre. Sin embargo, el Señor no nos abandona. Camina a nuestro lado, incluso cuando no somos conscientes de su presencia. Nos habla en lo profundo del corazón y nos invita a mirar la vida con una fe renovada.
El momento decisivo llega cuando Jesús se sienta a la mesa, toma el pan, lo bendice, lo parte y se los da. Entonces se les abren los ojos y lo reconocen. Es en la Eucaristía donde el Resucitado se hace plenamente presente y donde nuestra fe encuentra su alimento.
Después de reconocerlo, los discípulos regresan a Jerusalén. El encuentro con Cristo los transforma y los convierte en testigos. Ya no caminan en la tristeza, sino en la alegría de anunciar que el Señor vive.
Pidamos la gracia de reconocer a Jesús en nuestro camino. Que su Palabra encienda nuestro corazón y que, al partir el pan, podamos descubrir su presencia viva. Que nunca olvidemos que, aun en medio de la incertidumbre, el Señor camina con nosotros y nos conduce hacia la esperanza.
Ánimo.




