Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.

El cardenal Lercaro, generalmente considerado como el más “progresista” de los cardenales italianos, reaccionó: “¿cómo se atreve a convocar un concilio después de cien años [del anterior] y apenas a tres meses de su elección? El papa Juan ha sido precipitado e impulsivo. Su falta de experiencia y falta de cultura lo ha colocado en esta decisión, en esta paradoja. Un evento como este, le dañará su ya tambaleante salud y hará que todo el edificio de sus supuestas virtudes morales y teológicas se venga abajo.” 

Hebblethwaite se alegra, que este comentario solo se conociera en 1968, para entonces, Lercaro hacía rato era participante entusiasta del esfuerzo conciliar. Hizo grandes aportes al decreto sobre la liturgia y se ganó el rechazo de los sectores de derecha. Baste esta muestra: “después de Martín Lutero, la amenaza mayor a la unidad e integridad de la Iglesia es el cardenal Lercaro,” escribía en 1967 Tito Cassani.

El propio Giovanni Baptista Montini, ahora cardenal, viejo y cercano amigo de Juan XXIII, al enterarse del anuncio del concilio se apresuró a escribirle a su antiguo mentor, el Padre Giulio Bevilacqua, oratoriano: “Este viejo y santo muchacho (boy) no parece caer en la cuenta del avispero que está cucuteando”. 

Pero Bevilacqua le respondió: “déjalo [lascia fare] el Espíritu Santo todavía está despierto en la Iglesia”. L’Osservatore Romano al día siguiente del anuncio del concilio, reportaba en primera página unas frases anticomunistas pronunciadas por el papa en la basílica de San Pablo extramuros, ¡y solo en una página interior recogía el anuncio del concilio!

En New York, el cardenal Spellman expresaba sus dudas sobre la convocatoria: “Yo no creo que el papa quiera convocar un Concilio, sino que lo han empujado a eso, personas que han malinterpretado lo que él dijo”.

Los cardenales, los primeros en escuchar oficialmente el anuncio del concilio respondieron “con un impresionante y devoto silencio”.

El 11 de octubre 1962, Juan XXIII lo reinterpretará así: “el anuncio [del Concilio] fue completamente inesperado, como un relámpago de luz celestial, derramando dulzura en los ojos y corazones. Se despertó un gran fervor a lo ancho y largo del mundo…”

Cuando el carro de Juan XXIII partía de la basílica, se oyó una voz solitaria gritar: “¡larga vida al Concilio Ecuménico!” (Hebblethwaite, 1985: 322 – 324).