Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.
Ya el año 1954 el francés Gastón Bardet había predicho que Roncalli sería electo papa y se caracterizaría por “intervenciones doctrinales y reformas disciplinares”. Roncalli lo llamó “un francés loco” (Cahill, 2002: 162).
Hebblethwaite narra cómo los días antes del cónclave, importantes figuras eclesiales consideraron a Roncalli como posible papa: “el cardenal Maurilio Fossati, arzobispo de Turín, se lo dijo claramente: — Nosotros te queremos [como papa].– Gaetano Cicognani, prefecto de la congregación de ritos… “me veo arrodillándome a sus pies”. …El cardenal Elia Dalla Costa, arzobispo de Florencia, le observó a Roncalli: — Tu serías un buen papa. — Roncalli le respondió: — Pero tengo 77 años.– ¡Tienes 10 años menos que yo! —“(1985: 272).
Días antes, nadie sabía quién sería electo. El director de L’Osservatore Romano por cerca de 30 años, mandó a preparar 25 biografías para asegurarse de tener cubiertos a los papables.
Le habían bastado 10 en 1939, cuando eligieron a Pío XII. Escribiéndole el 23 de octubre al obispo de Bérgamo, Roncalli le aseguraba: cuando recuerdo tanta devoción mariana de nuestros bergameses, tantas mujeres y hombres santos, tengo la confianza que “… un nuevo Pentecostés puede soplar a través de la Iglesia, renovando su cabeza, conduciendo a un nuevo ordenamiento del cuerpo eclesial y trayendo un fresco vigor en el progreso hacia la victoria de la verdad, la bondad y la paz”.
Roncalli le contaba a un amigo, que esos días de octubre había vuelto a meditar los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, para mantener sus “pies sobre la tierra”. A las 2 de la tarde del 25 de octubre de 1958, día del inicio del cónclave, el cardenal Antonio Bacci tuvo el discurso “De eligendo pontifice”.
Necesitamos “un papa que abrace a la Iglesia oriental y occidental. El pertenecerá a todos los pueblos, y su corazón debe latir especialmente por los oprimidos por la persecución totalitaria y la pobreza severa… … que construya puentes entre los diversos sectores sociales… sobre todo, que sea santo para obtener de Dios lo que supera a los dones naturales. El recibirá y acogerá a los obispos que el Espíritu Santo ha elegido para que gobiernen la Iglesia de Dios. Él estará preparado para darles consejos en sus dudas, escucharlos y confortarlos en sus ansiedades y alentar sus planes” (Hebblethwaite, 1985: 278, 181).




