Entre bosques encantados, desiertos y montañas, hay paisajes que nos recuerdan que Dios también se deja encontrar en los caminos de la imaginación.
Hay lugares que uno visita sin necesidad de comprar un boleto de avión. Basta abrir un libro, dejar el teléfono a un lado —sí, sobreviviremos unos minutos sin pantalla— y permitir que la imaginación nos lleve a otro mundo.
Al ver una promoción del nuevo estreno en 2027, recordé que esto que acabo de describir sucede con Narnia, el universo creado por C. S. Lewis, en el cual, si miramos con un poquito de atención, descubrimos que sus paisajes tienen algo más que magia: parecen guardar ecos de algunas páginas de la Biblia.
Pensemos en el invierno interminable de “El león, la bruja y el ropero”. Un mundo donde siempre es invierno y nunca Navidad. ¿No nos recuerda, de alguna manera, a ese corazón humano que ha perdido la esperanza, a la tierra que espera la salvación? Y entonces llega Aslan, y con él comienza el deshielo, la primavera regresa, la vida despierta y la oscuridad deja de tener la última palabra. Es difícil no pensar en la Pascua: Cristo que atraviesa la muerte para inaugurar una creación nueva.
Después están los desiertos. En “La travesía del Viajero del Alba”, los protagonistas descubren que navegar también significa enfrentarse a sus propios miedos.
La Biblia conoce bien esos caminos: Israel atravesando el desierto, Jesús enfrentando la tentación, el creyente aprendiendo que no todo se resuelve con respuestas inmediatas. El desierto puede parecer un lugar donde Dios guarda silencio, pero también es el espacio donde aprendemos a escuchar.
Y qué decir de las montañas. En la Biblia son lugares de encuentro, revelación y transformación: Moisés recibe las tablas de la Ley en el Sinaí; Jesús se transfigura ante sus discípulos.
En Narnia, las alturas también invitan a mirar más lejos, a abandonar por un momento la seguridad de lo conocido y descubrir que el mundo es mucho más grande que nuestras pequeñas preocupaciones.
Pero quizá el paralelismo más hermoso está en el propio Aslan. No es una copia exacta de Jesús, pero Lewis construye deliberadamente un personaje que nos remite a Él: un rey que se entrega por amor, vence la muerte y restaura lo que parecía perdido. En su sacrificio resuena la cruz; en su regreso, la esperanza de la resurrección.
Desde el monasterio, donde los días transcurren entre oración, trabajo y silencio, uno aprende que también la imaginación puede convertirse en una puerta hacia lo esencial. No sustituye al Evangelio, por supuesto, pero puede ayudarnos a descubrirlo con ojos nuevos.
Quizá por eso seguimos necesitando historias de bosques encantados, caminos difíciles y leones que resucitan. Porque, en el fondo, todos buscamos lo mismo: que el invierno termine, que el desierto tenga sentido y que alguien nos conduzca a casa.
Y el Evangelio nos recuerda que esa esperanza no es solamente un cuento bonito. Es la historia de un Dios que entra en nuestro mundo para devolverle la vida.
Hasta un próximo encuentro,
Desde el monasterio




