Deporte, nacionalidad y la irracionalidad

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William Arias


Recientemente, un partido de fútbol entre el seleccionado dominicano y el haitiano, trajo a colación una serie de comentarios y “díceres”, tanto de un lado como de otro, haciendo salir a flote actitudes nacionalistas, que en nada ayudan a la situación que en este campo están viviendo actualmente los dos pueblos.

Por parte del gobierno se tomaron decisiones que en nada ayudan, cuando previamente debió de estudiarse el caso con cierta objetividad, como lo hizo la fundación Zile, que ofreció un estudio pormenorizado de los hechos, buscando ayudar más que echar leña al fuego.

La situación es que la gente, tanto dominicanos como haitianos, ven con simpleza lo que está pasando. Es triste ver cómo crece cada día la desconfianza entre ambas naciones y sus nacionales. Somos conscientes de la situación triste de Haití, de su pobreza, falta de institucionalidad, orden y paz, y el conformismo al esperar que la solución a sus problemas venga de fuera y no que se geste un verdadero esfuerzo por parte de sus fuerzas internas, para estabilizar la nación y hacer que el orden y el respeto institucional vuelvan al país y se comience a trabajar, de manera orgánica, por el desarrollo económico  y social de la sociedad haitiana, con una agenda bien definida para luchar contra la pobreza que allí se da. 

También, a todo esto hay que unir lo nuestro, de que en parte nos beneficiamos de toda esta situación, pues en su desespero por buscar alternativa de vida, los haitianos vienen en masa a nuestro país, de manera ilegal, a hacer lo que sea, sobre todo esos trabajos fuertes en el sector de la construcción y en la agricultura, pero con una presencia en ya casi todos los renglones de producción y de oficios dominicanos. 

El Gobierno cada cierto tiempo sale con las llamadas “camionas”, a recoger a los haitianos que encuentra, para deportarlos, pero en todo el trayecto que va desde el apresamiento del haitiano hasta la frontera, hay toda una estela de corrupción, por parte de los agentes del servicio migratorio, y la situación sigue igual. 

Las medidas gubernamentales y los pronunciamientos del Ejecutivo, en nada ayudan a paliar la situación, pues tal parece que hoy, ni nunca, ha habido una verdadera agenda para tratar el problema ni la búsqueda real de soluciones, por parte nuestra.

Entonces ahí es que se ceban los nacionalismos de ambos lados, nutridos por la ignorancia e irracionalidad de ambos pueblos. Haitianos que ni saben lo que dicen, pues tal parece que poco  les importa su país, sino simplemente salir y desde la diáspora, pronunciar sandeces en torno a una “leyenda urbana” (como dicen los jóvenes de hoy), alrededor de una indivisibilidad isleña, que estuvo en la mente de un personaje de la historia, pero que la historia transcurrida y actual, nos enseña e invita a vivir en base a lo que tenemos. 

Dominicanos que no ven más allá de su narices, nutridos también de “leyendas urbanas”, en torno a los migrantes haitianos, algunos alrededor de líderes que todavía destilan mocos de ignorancia, pues ni siquiera el bachillerato terminaron, convocando gente, y muchos como borregos le siguen, sin pensar ni medir, lo que la torpeza de un chovinismo barato puede producir, con consecuencias de las cuales nos podríamos lamentar por el resto de nuestra existencia, y de las cuales pedimos al Todopoderoso que nos libre.

El camino de estas dos alas de un ave que surca las aguas del Caribe, es crear lazos y clima de confianza, que nos ayuden a superar nuestros problemas propios de nación y ayudarnos y caminar juntos, creando puentes entre las dos naciones, como el deporte y más, y no muros nacionalistas e irracionales que nos separen más de lo que estamos, y crean tensiones que entre nosotros como pueblo no deben darse.