Francisco de Asís: 

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800 años y todavía sigue floreciendo

Hay santos que uno conoce por una estatua, otros, por una estampita. Y hay santos que, después de ochocientos años, todavía parecen tener algo que decirnos al oído.

San Francisco de Asís murió el 3 de octubre de 1226. Este 2026 se cumplen exactamente 800 años de su tránsito. Y resulta curioso: han pasado ocho siglos, cambiaron los imperios, las fronteras, la ropa, la música, la tecnología… y Francisco todavía está ahí, vivo en la memoria de la Iglesia y, sobre todo, en una pregunta que sigue dando vueltas: ¿se puede vivir el Evangelio de verdad?

Francisco no comenzó queriendo fundar una gran obra mundial. Era un joven de Asís que soñaba con otras cosas, hasta que se encontró con Cristo y empezó a entender que la vida podía ser diferente.

Dejó riquezas para abrazar la pobreza. Besó al leproso cuando aquello no era precisamente una experiencia agradable. Se hizo hermano de los pequeños, de los pobres, de la creación. Y cuando muchos hablaban de poder, él hablaba de paz. Su saludo era sencillo: «El Señor les dé la paz» o simplemente “Paz y Bien. 

Y mire qué cosa: nosotros tenemos internet para comunicarnos con alguien al otro lado del mundo y todavía nos cuesta hablarle al vecino de al lado. Tenemos discursos sobre la paz, pero nos peleamos por política, por dinero, por religión, por un comentario en Facebook y hasta por quién parqueó primero. Francisco nos recuerda que la paz no comienza en una cumbre internacional, comienza en el corazón.

Y tampoco era simplemente “el santo de los pajaritos”. Su amor por la creación nacía de reconocer en ella la obra de Dios, por eso llamó hermano al sol, hermana a la luna y a la tierra, nuestra hermana y madre. Su Cántico de las criaturas sigue hablando hoy de una casa común que necesitamos aprender a cuidar. 

Y justo ahí está el secreto de Francisco. No nos enamoramos de él porque fuera medieval, sino porque fue radicalmente cristiano. Ochocientos años después, Francisco no está marchito en un libro de historia, sigue floreciendo cada vez que alguien elige la paz sobre la violencia, la sencillez sobre la apariencia, al pobre sobre la indiferencia y a Cristo sobre el propio ego. 

Y quizás eso sea la santidad: morir hace ochocientos años… y seguir dando fruto hoy.

Hasta un próximo encuentro 

Desde el monasterio