12 de octubre: cuando la fe llegó en barco

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Hay fechas que llegan al calendario con demasiado equipaje. El 12 de octubre es una de ellas. Para algunos, es descubrimiento; para otros, conquista y colonización; para otros, encuentro entre culturas. Y probablemente la historia sea más compleja que cualquiera de esas palabras.

Desde la fe católica, no necesitamos maquillar la historia, pero tampoco convertirla en una batalla entre buenos y malos. Podemos reconocer la violencia, la esclavitud, los abusos, la explotación y el sufrimiento de muchos pueblos originarios, sin olvidar que también hubo hombres y mujeres que, desde la fe, denunciaron esas injusticias y defendieron la dignidad humana. Basta recordar a Fray Antonio de Montesinos y a Fray Bartolomé de las Casas.

Porque evangelizar y colonizar no son sinónimos. La colonización fue un proceso político, económico y social; el Evangelio, en cambio, es el anuncio de una Persona: Jesucristo. Es cierto que ambas realidades estuvieron mezcladas muchas veces, con todas las contradicciones que eso produjo. Pero Cristo no pertenece a España, Portugal ni Europa, el Evangelio no tiene nacionalidad.

Y aquí comienza algo fascinante: el cristianismo llegó en las carabelas, sí, pero no se quedó viviendo en ellas. Bajó del barco. Entró en nuestros pueblos, aprendió nuevas lenguas, se encontró con culturas diferentes y, con el paso de los siglos, echó raíces. América no recibió una fe terminada y permaneció pasiva, aportó su propio rostro a la Iglesia: santos, devociones, expresiones culturales y una profunda piedad mariana. La fe llegó desde lejos, pero terminó hablando con acento local.

Desde el monasterio hacemos una invitación a mirar esta historia de otra manera: sin gritos, sin simplificaciones y sin miedo a reconocer luces y sombras. Podemos escuchar a los pueblos originarios, a los historiadores, a quienes sufrieron y también a quienes entregaron su vida al Evangelio. 

No necesitamos borrar el pasado para construir el futuro. Podemos recordar sin odiar. Podemos reconocer heridas sin quedar prisioneros de ellas. Podemos agradecer la llegada del Evangelio sin justificar cada acción realizada en su nombre.

Pero de una cosa podemos estar seguros, y es de que nuestra fe cristiana no nació en América el 12 de octubre de 1492. Nació mucho antes, en Jerusalén, en la Pascua de Cristo. Pero aquel encuentro abrió un nuevo capítulo en la historia humana y espiritual del hombre.

Y ahora la pregunta no es solamente qué ocurrió entonces, sino: ¿qué estamos haciendo hoy con la fe que recibimos?… La historia ya nos fue entregada, la siguiente página nos corresponde escribirla a nosotros.

Hasta un próximo encuentro

Desde el Monasterio.